El fin de ETA, presente en el sorteo de Navidad

El fin de ETA, presente en el sorteo de Navidad

Un confidente de los servicios antiterroristas españoles entregó a uno de los últimos jefes de ETA. Por motivos de seguridad, 20 minutos no puede revelar qué jefe etarra fue a parar a prisión gracias a la labor de este topo. No obstante, sí se puede decir que el dirigente terrorista, de entre 35 y 40 años, fue detenido en el periodo comprendido entre los años 2007 y el verano de 2011, un lustro en el que han caído 11 importantes dirigentes de la banda terrorista.

Este confidente, un colaborador de ETA, estuvo seis meses a sueldo en los servicios antiterroristas, según han explicado a este diario fuentes solventes, que reconocen, no obstante, que el principal objetivo era que el topo fuera escalando puestos dentro de la organización de ETA, pero que al final, por imprevistos, su trabajo tuvo que finalizar con la detención en Francia de este dirigente etarra.

El arrestado llevaba huido desde principios de la década de 2000 y fue detenido por primera vez cuando era un menor de edad, involucrado en actos de kale borroka. La verdad es que el jefe etarra vendido por el confidente es todo un "pata negra", la expresión que se utiliza para bautizar a los etarras con gran tradición familiar en la banda y en la izquierda abertzale.

Su familia ha aportado activistas a ETA y miembros a los partidos políticos abertzales desde el origen de la banda. Hablamos de padres, hermanos, tíos y primos, toda una estirpe ligada al terrorismo. El jefe etarra tiene delitos de sangre y su detención supuso subir un escalón más en el deterioro que ha sufrido la banda en estos últimos años.

'El Lobo' y el chófer

El topo más famoso en la historia de la lucha contra ETA fue Mikel Lejarza Eguía, alias el Lobo, el agente del antiguo servicio secreto español, el Seced, que llegó a infiltrarse tanto en los aparatos de la banda durante los años setenta que logró la desarticulación de la cúpula militar y la detención de 150 terroristas.

Lejos queda ya también el importante papel que desempeñaron dos infiltrados de la Benemérita que regentaron un bar de Bayona en los años ochenta por el que pasaban muchos etarras que huían a Francia. En 1989, José Antonio, un guardia civil, se infiltró en la organización y consiguió ser chófer del jefe etarra Mikel Antza, que dirigió la banda entre 1993 y 2004. Fue descubierto en 1995 y su identidad fue publicada incluso en el diario Egin.

A pesar de que ETA anunció el año pasado el cese definitivo de la lucha armada, el Estado se va a gastar en 2012 unos 460 millones de euros en la lucha contra el terrorismo etarra, según una estimación de la cátedra de Economía del Terrorismo de la Universidad Complutense que dirige Mikel Buesa. Esta cifra, no obstante, es sensiblemente inferior a la de los últimos años, cuando el coste medio anual alcanzaba los 700 millones de euros.

Un tiro por "confidente"

Xangarín, pamplonés de 32 años, fue detenido por la Policía francesa en abril de 2003. Había acudido a una farmacia de la localidad gala de Mur de Barez a comprar vendas y medicinas. El reguero de sangre que le salía del pantalón lo delató. El farmacéutico llamó a la gendarmería y no pudo huir. En su muslo izquierdo tenía un balazo; y en su mochila, una pistola.

La versión oficial fue que se había herido en unos ejercicios con fuego real con un comando etarra. Su historial avalaba el accidente. Había ingresado en ETA en 2001, en el comando de información Zuzen. En marzo de 2002 consiguió huir después de que la Guardia Civil desmantelara su grupo. Escapó a Francia. Ya había sido detenido por la Ertzaintza un mes antes, el 6 de febrero, cuando ya estaba siendo investigado por la Benemérita, acusado de formar parte de un grupo de violencia callejera. En aquella ocasión fue puesto en libertad dos días más tarde.

Su facilidad para salir airoso (la Ertzaintza solo lo retuvo dos días y la Guardia Civil no pudo atraparlo) no sentó nada bien en ETA. Y es que el etarra no se hirió por accidente, sino que fue ETA quien lo interrogó con dureza porque sospechaba que era un topo. Varios terroristas intentaron hacerle confesar con métodos expeditivos. Le dispararon en el muslo. "No pudo decir nada porque no era un topo nuestro. Se equivocaron con él. Al final se dieron cuenta y lo abandonaron. Tuvo que acudir a la farmacia para no desangrarse", señalan fuentes solventes.