Felipe de Borbón y Dilma Rousseff

Felipe de Borbón y Dilma Rousseff

Octubre de 2011. Asunción (Paraguay). La XXI Cumbre Iberoamericana, la reunión anual de Jefes de Estado que fomenta la cooperación entre países de América Latina y Europa, principalmente España y Portugal, presentaba un paisaje inaudito: 11 de los 21 mandatarios, participantes habituales, estaban ausentes. Entre ellos, los líderes de las principales naciones del otro lado del Atlántico: Cristina Kirchner (Argentina), Hugo Chávez (Venezuela), Dilma Rousseff (Brasil) y Juan Manuel Santos (Colombia).

Si no un completo fracaso, la hasta hoy última de estas cumbres (la próxima cita será en Cádiz, en noviembre de este año) evidenció –según especialistas en la región como el catedrático de la UNED Carlos Malamud– graves síntomas de agotamiento y la necesidad de "repensar el modelo de arriba abajo, comenzando por el papel de España".

Un giro copernicano –¿el fin de una relación especial justo una vez finalizado el bicentenario de las independencias de las repúblicas iberoamericanas?– que las últimas noticias llegadas del continente, expropiación de YPF por Argentina y de la filial de Red Eléctrica Española por Bolivia, parecen estar demandando urgentemente.

De la 'década perdida' a la 'década exitosa'

América Latina crece económicamente (la previsión es que lo haga más de un 3% este 2012). Y crece, desde hace unos años, como nunca antes en su historia lo había hecho. La inversión extranjera no para de aumentar (en 2011 fue de 15.448 millones de euros, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL). Además, la crisis de deuda que atenaza a Europa no parece estar haciendo demasiada mella en esta región del mundo, gracias en parte a la pujanza de sus exportaciones y a la puesta en marcha de políticas económicas adecuadas.

Por si fuera poco, Brasil, uno de los motores del continente, forma parte del privilegiado (y prestigioso) club de los países emergentes (BRIC, en sus siglas: Brasil, Rusia, India y China), y ayuda con su crecimiento a extender poco a poco una clase media que siempre resultó anémica en el continente. ¿Estamos pues, como algunos llevan años augurando, ante la década del despegue, por fin, de América Latina?

Retrocedamos. Finales de los años 80 y comienzos de la década de los 90 del siglo pasado. El continente atraviesa una etapa de cambios económicos y políticos importantes. Son los años del Consenso de Washington (en esencia, un impopular plan de medidas económicas, liberalizadoras y de contención de gasto, auspiciado por el FMI, el Banco Mundial y otros organismos sitos en la capital financiera del mundo).

En opinión de los críticos, entre los que se encuentran premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz, América Latina fue el laboratorio de experimentación del neoliberalismo, con funestas consecuencias sociales para la región: crecimiento del paro, descenso del poder adquisitivo e incremento de la brecha entre ricos y pobres. Si bien, este decálogo macroeconómico también dio lugar a resultados positivos, aunque quizá menos detectables a primera vista, como el control de la inflación y el aumento de la inversión extranjera.

El Consenso de Washington supuso el corolario final a la conocida como década perdida de América Latina. Un drama social y económico que, alimentado por la relectura oracular de libros clásicos como Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano (enarbolado por Chávez en una de las últimas cumbres iberoamericanas), hicieron renacer la creencia fatalista en un continente esquilmado por las potencias imperialistas y marcado a fuego por la conciencia del subdesarrollo y la teoría de la dependencia.

El nuevo siglo insufló renovados aires. El cuestionamiento, desde finales de los 90, del modus operandi del Consenso de Washington, unido a la favorable coyuntura internacional y la reformulación del papel del Estado, dio lugar al despegue de las economías del continente. Son los años de la implantación definitiva de los Tratados de Libre Comercio, de MERCOSUR y la Comunidad Andina, y del nacimiento de otras alianzas económico-estratégicas (ALBA, auspiciada por la Venezuela de Chávez) que, poco a poco, fueron tejiendo un tapiz de intereses entre los todavía escasamente vertebrados países latinoamericanos.

Hoy, cuando parece que la primavera económica no es un espejismo, América Latina debe afrontar retos si quiere consolidarse como región emergente en el panorama internacional. Retos a medio plazo, como la reducción de las desigualdades, la cohesión social e interestatal y la normalidad democrática, que deberán anular las amenazas a corto: la bajada del precio de las materias primas (lo que afectaría a su capacidad exportadora), la inflación o las consecuencias negativas de la guerra de divisas.

El desembarco chino: una amenaza para España

Una buena parte del éxito económico de América Latina en los últimos años se debe al aumento de sus exportaciones. Y un porcentaje cada vez más alto de estas tiene un destino hasta ahora casi inédito: China. La que es ya la tercera economía del mundo se convirtió, en 2009, en la principal socia comercial de Chile y Brasil. En líneas generales, según el informe de la CEPAL para 2010, China es ya la tercera potencia comercial de la región, tras la UE (primero) y EE UU (segundo).

El desembarco chino en el continente podría afectar negativamente a medio plazo, como ya pronosticaron algunos estudios, a los intereses del principal país inversor de esta región: España. En un artículo publicado por el Instituto Elcano en 2007, el profesor de Economía de América Latina en la Universidad de Oxford, Diego Sánchez Ancochea, ponía el acento sobre la "amenaza" del crecimiento de la inversión del gigante asiático en el sector energético y las consecuencias para las empresas españolas con negocios en el continente.  

Cinco años después, son muchos los que –tras un análisis objetivo, ajeno a la retórica patriótica– consideran que los intereses chinos han jugado un papel muy importante en la decisión del Gobierno de Kirchner de expropiar la filial de Repsol en Argentina, y que dichos intereses, crecientes, podrían dar lugar a una recombinación del mapa de las prioridades en el continente.

Presencia de empresas españolas por países

España sigue siendo, a pesar del debilitamiento de los lazos fraternales, el puente entre el Viejo Continente y América Latina. Políticamente, un ejemplo significativo de ese papel preponderante, que no se quiere perder, ha sido la recuperación, por parte del Gobierno de Mariano Rajoy, de la secretaría de Estado para Iberoamérica, eliminada al final de la legislatura anterior por Rodríguez Zapatero, después de que él mismo la creara en 2006.

Económicamente, el subcontinente americano ha sido terreno abonado para la inversión española, sobre todo desde los años 80 del siglo XX. En la última década, según la CEPAL, España se consolidó como el principal inversionista europeo en América Latina. La presencia de empresas transnacionales españolas es especialmente significativa en industrias estratégicas, como la banca y el sector energético.

En Argentina, según el Observatorio de Multinacionales para América Latina (OMAL), el desembarco de empresas españolas tuvo lugar en la década de los 90, con la compra de Aerolíneas Argentinas por Iberia, de Telefónica Argentina por Telefónica y de la Empresa Distribuidora Sur por Endesa. Además, el Banco Santander se hizo con el Banco Río de la Plata y, en 1999, Repsol compró la ahora expropiada YPF.

En Brasil, la entrada de capital español data de 1982, aunque la expansión a gran escala no comienza hasta finales de la década de 1990, con el Banco Santander a la cabeza. El rápido crecimiento brasileño en los últimos años ha sido un imán para las inversiones extranjeras, entre ellas las españolas. Telefónica, Iberdrola, el propio Santander o Repsol son multinacionales con fuerte y arraigada presencia en este país.

Chile, la economía más europea del continente, también ha sido terreno abonado para la presencia española. Hasta el año 1997, Santander, Central-Hispano y telefónica copaban casi toda la inversión, pero a partir de dicho año entraron en el país nuevas empresas, como BBVA, Endesa y Telefónica.

En México, BBVA fue la primera gran empresa que aprovechó la apertura económica del país, allá por los primeros años de la década de los 90. Posteriormente, diez años después, llegaron Gas Natural, Iberdrola y Repsol, aprovechando la creciente demanda de energía del país.

Por último, en Venezuela, el Banco Santander entró de lleno en el sector financiero del país comprando el Banco de Venezuela en 1997. Poco después, el BBVA adquirió otra importante entidad, el Banco Provincial. Telefónica y Prisa son otras dos compañías con fuerte implantación en el país.

Presente y futuro político de la región

Si económicamente Latinoamérica está atravesando un periodo dulce y esperanzador, políticamente se encuentra en un momento trascendental. Este 2012 concluye, tras los comicios en Venezuela y México, un trienio de citas electorales en el continente que está modificado sensiblemente el mapa ideológico: continuismo en Brasil, Colombia y Argentina, viraje a la derecha en Chile, resurgir nacionalista en Perú…

Durante la primera década del siglo XXI tuvo lugar en América Latina lo que se ha acordado en denominar giro a la izquierda: el ascenso y consolidación en el poder de gobernantes progresistas (neocaudillistas, como Hugo Chávez en Venezuela, indigenistas, como Evo Morales en Bolivia o socialdemócratas, como Michelle Bachelet en Chile y Lula da Silva en Brasil).  Este viraje ha devuelto a primera línea del debate académico y mediático un rasgo secular de la historia política latinoamericana: el populismo.

El populismo, ahora denominado neopopulismo, de naturaleza trasversal (ha habido populistas de izquierdas y populistas de derechas), es una forma de gobernar que aglutina el antielitismo, la demagogia, el uso espurio de la historia y, fundamentalmente, la falta de consideración hacia el Estado de Derecho. Este neocaudillismo es, entre otras cuestiones importantes, un factor de desestabilización en el continente, ya que los Gobiernos de signo populista acostumbran a llevar a cabo políticas viscerales, de choque, que desequilibran el estatu quo y favorecen la aparición de conflictos diplomáticos.

Pero, al margen de la sombra que proyecta el populismo, los países de América Latina tienen razones para sentirse optimistas desde un punto de vista político: el continente, aunque lejos aún de una integración a la europea, camina hacia una mayor cohesión –tratados, alianzas económicas, instituciones como el futuro Banco del Sur, iniciativas como el Proyecto Mesoamericano–  que, si las expectativas se cumplen, sellará definitivamente el pasado con esperanzas hechas realidad.