La fuerza del silencio
Había visto, hace muchos años, un largometraje del director británico Terence Davies, Voces distantes (Distant Voices). Lo recordaba como un filme intenso, sugerente, de firme realización y poderosas interpretaciones. Cuando me enteré de que tenía en cartelera una nueva película, The Deep Blue Sea, pensé que podía ser la oportunidad de volver a ver cine, algo que desde que los productores de videojuegos se apoderaron de la producción cinematográfica cada vez resulta más extraño encontrarse en las salas de proyección.
Lo último que había visto era Prometheus, un alarde de infografía, casquería y Dolby Surround que me dejó tan frío como una película de Gracita Morales (o más: Gracita al menos, era entrañable). De un tiempo a esta parte lo normal es ir al cine, ver un montón de explosiones (o de efectos especiales de cualquier otra índole), dejarte contar una historia plana y pueril (otro ejemplo: el tercer y muy prescindible Batman de Chris Nolan) y regresar a casa con 9 euros menos y ni un solo recuerdo más.
He de decir que la película desbordó mis expectativas, que sobre la base de mi experiencia reciente venían envueltas de escepticismo. Desde el principio Davies te agarra del corazón, sin alardes pero sin piedad, y no te lo suelta hasta el final, después de retorcértelo y dejártelo hecho un trapo, del modo en que la historia retuerce y arrasa a su protagonista, la turbadora adúltera interpretada por Rachel Weisz. Una actriz que sólo con este papel (la habíamos visto, mucho menos impactante y bastante más ausente, en Enemigo a las puertas o Ágora) se ha acreditado como una de las primeras de su generación. Si en lo de los Oscar tuviera algún peso lo que debería tenerlo, nadie se lo podría disputar este año (y menos que nadie, la gélida Charlize Theron de Prometheus, a la que seguro que nominan).
Podrían decirse muchas cosas de la película. Muchos son los aspectos que llaman la atención del espectador, y que contrastan con los ejercicios tan aparatosos como rutinarios que inundan cada fin de semana nuestros cines. La exquisita dirección, la fotografía cálida y difuminada que da a todo un aire de extraño ensueño, el elenco formidable de secundarios (la casera, su marido enfermo, el curandero, o la impagable madre del juez del tribunal supremo británico al que la protagonista impone, sin dejar de quererle y estimarle, la más ominosa de las cornamentas).
Pero hay tres virtudes que la señalan y la distinguen sobre todo lo demás, junto a la maestría del director y la inspiración de los tres intérpretes principales (el juez, el amante y la adúltera, o lo que es lo mismo, Simon Russell Beale, Tom Hiddleston y Rachel Weisz). En primer lugar, los diálogos, basados en la obra teatral de Terence Rattigan, un prodigio de síntesis que reúne dureza y ternura, mezquindad y grandeza, pasión e inteligencia, lujuria y espiritualidad, y todos los contrarios que puedan coexistir en las relaciones entre seres humanos. Con esa exquisitez británica (imprescindible verla en versión original) que los mucho más funcionales textos dramáticos norteamericanos nos han hecho olvidar.
En segundo lugar, el manejo del tiempo. Frente a un cine que sólo admite la narración lineal, con algún ocasional recurso al flashback (muy subrayado y enfatizado, para que no se pierda ese espectador retrasado en el que parecen pensar los productores de Hollywood) Davies opta por dinamitar la línea temporal, yendo y viniendo de adelante a atrás en un ejercicio que trata más de establecer una cronología de las emociones que de sujetarse a la secuencia banal y superficial que imponen las fechas del calendario. Así ordenadas, las sucesivas escaramuzas que conforman la historia resultan mucho más hondas y emocionantes.
Y acaso lo más llamativo. Aunque no se lo crean, si van a ver esta película, habrá momentos en que escucharán el silencio. Sí, en un cine. Y como comprobarán, no sólo resulta un alivio, recobrar la bendita sensación de no oír nada, por unos instantes, en ese ámbito oscuro y solemne de la sala cinematográfica. Descubrirán que, bien utilizado, no hay nada más memorable y sobrecogedor.
(Para quien quiera curiosear, ahí va el trailer).
Lorenzo SilvaMadrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.
"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
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