¿Están locos los islandeses?

Sí, ellos también la cagaron, y bien. Y en parte, por dejarse llevar por las mismas tonterías. En la foto de Reikiavik que abre la entrada, tomada aprovechando el sol esplendoroso que bañaba la capital islandesa el pasado martes, se puede ver un rastro del desatino. Está a la derecha de la imagen y lo representan unos edificios, notoriamente más altos que los demás. También allí se especuló con el suelo para hacer algo que no sólo no encajaba, sino que además tenía un sentido más que discutible: las vistas al mar están muy bien, pero cuando ese mar es el Mar de Noruega, con gélidos vientos que soplan durante la mayor parte del año, implican el peaje de vivir en la zona más inhóspita de la ciudad. No obstante se hicieron y ahí quedan, como recordatorio de los tiempos del disparate. No son el único.
Todo se reveló, del modo brusco en que se revelan los géiseres, en octubre de 2008. Los bancos islandeses, que en vez de dedicarse a administrar con prudencia sus depósitos se habían embarcado en las más delirantes aventuras financieras, se vinieron abajo todos a la vez y sin previo aviso. El país estaba arruinado, la deuda colosal de los bancos multiplicaba por mucho la riqueza nacional.
Los islandeses, simplemente, no podían devolverla ni en varias vidas que destinaran a ello. Y lo que decidieron es conocido: negarse a pagar. Se echaron a la calle, tumbaron a su gobierno, procesaron al presidente y a los banqueros.
Desde sus orígenes, en Islandia, una isla de sólo 320.000 habitantes, funciona con regularidad la democracia directa. Puede pensarse, con fundamento, que algo tiene que ver esa tradición.
En el paraje de la foto siguiente se reunían los islandeses a decidir entre todos los asuntos públicos:

Incluso juzgaban, asambleariamente, los casos que los tribunales no habían podido resolver. La ley la recitaba un bardo. En la iglesia que se ve en la foto, donde reposan los grandes prohombres nacionales, tienen lugar preferente los poetas. Un país así es un país especial. (Desde luego, distinto del nuestro, donde los restos del más grande poeta del siglo XX descansan en el lugar privilegiado que todos sabemos: una cuneta ignota. Así nos va.)
La reacción contra la rebelión islandesa no se hizo esperar. El FMI y los gestores de las finanzas mundiales declararon a los islandeses proscritos. El Reino Unido llegó a aplicarle a Islandia leyes antiterroristas.
Como bien podría simbolizar la imagen de la gran falla que pasa cerca de la iglesia, a cuyo cobijo se reunían los antiguos islandeses, y que separa la placa tectónica de Europa de la de Norteamérica (en términos geológicos, a cada lado de la foto es literalmente un continente distinto), los habitantes de la isla se habían quedado desgajados del mundo.
¿Y esto qué significa? ¿Qué catástrofes les han sobrevenido? Pues de momento, ninguna. La moneda islandesa, la corona, perdió buena parte de su valor, muchas familias, sobre todo las endeudadas, pasaron fuertes apuros... Vamos, nada que pueda extrañar por aquí, con la diferencia de que, como nuestra moneda no es nuestra, sino de los alemanes, no podemos devaluarla y nos toca devaluarnos a nosotros mismos. La otra gran diferencia es que sólo cuatro años después el paro ha bajado al 4 por ciento. Hay, eso sí, un pleito por ahí, planteado por los estados que se consideraron perjudicados por la espantada islandesa, y que un día de éstos habrá de resolver un tribunal internacional. Tribunal que tendrá que considerar, entre otras cosas, hasta qué punto fueron defraudados los que ingeniaron productos que, poniendo de intermediarios a los bancos de ese pequeño país, les hacían responder, y con ellos a Islandia, de deudas astronómicas y desproporcionadas a su PIB y su población.

Por cierto, tan pequeño es el país que al pasar por la calle principal (la Skólavörðustígur, en la foto anterior, tras la estatua de Leifr Eiricsson, el descubridor de América para los islandeses) uno se tropieza como si nada con Björk, la cantante nacional y seguramente la más notoria celebrity nacida en la isla. Doy fe, aunque no hice foto por no importunarla.

Pero volvamos a lo del empleo. Que se haya recuperado significa, entre otras cosas, que en la cafetería próxima a las famosas cataratas Gullfoss le atienden a uno, en español, un par de jóvenes que han emigrado en pos de un trabajo que los jóvenes islandeses no quieren porque está a dos horas en coche de Reikiavik, pero que nuestros compatriotas aceptan de buena gana a miles de kilómetros al norte de sus casas. Ventajas de la crisis, para el viajero español: en cualquier lugar del mundo puedes pedir un cortado, tal cual, y en vez de ponerte caras raras te entienden y te lo sirven. Si es que nos quejamos de vicio.
Como se puede apreciar en la foto anterior, de veras impone ver la catarata viniendo hacia uno, antes de precipitarse al cañón, pero verla caer no le anda a la zaga:
El agua tiene ese color porque viene de un glaciar, el Langjökull (o “glaciar largo”, el segundo mayor de la isla) cuya mole luce así en medio del paisaje, casi de otro planeta, de la planicie islandesa:

Frente a su tierra extrema, aislada y remota, los islandeses supieron adaptarse y construirse un país donde vivir, un país que se asienta sobre sus historias, desde las sagas antiguas hasta el exitoso bestseller Arnaldur Indriðason, que ha triunfado en el mundo escribiendo en islandés (y que acaba de publicar en España nueva novela, Invierno ártico). Entre ambos, todos esos poetas a los que tanto honran y recuerdan sus compatriotas (ellos son la fortaleza desde la que resiste su pequeña y extraña lengua). Tienen su premio Nobel y todo, Halldór Laxness, que vivía en esta casita blanca:

Y en esta mesita ínfima escribía:

Supervivientes y poetas, cuando se vieron en el agujero, uno tan profundo como el del volcán que se ve más abajo (y que se entenderá que no me resistiera a fotografiar), los islandeses supieron pintarlo de verde.

Son obvias las diferencias, entre un país de trescientos mil habitantes y uno de cuarenta millones, pero uno vuelve de allí pensando: ojalá se nos pegara algo.
Bueno, ellos no tienen politicos de larga tradicion masonica como nosotros, y cuando protestaron, los que habia se dieron cuenta de que el Pueblo llevaba razon y que formaban parte del mismo. Nada que ver con lo de aqui... Vendidos por obra y gracia de la "democracia" , juraron servir a su Orden, que para eso los habian puesto ahi.
No pararan hasta hacer reventar todo. Entonce, espero que no se escapen, ni ellos ni sus dueños, que ya los encontraremos, para darles las gracias.
Preciosa Islandia... por todo: gentes, paisajes, costumbres.
Olé por ellos, pues supieron salir de una muy fuerte crisis. Supieron poner el cascabel al gato, plantar cara a quienes correspondía, y lo más importante, ser honrados.
Aquí somos demasiados, estamos divididos, y lo más importante también, es que no hay ninguno que sea honrado, todos van a llenarse los bolsillos.
Si no acaban con la crisis es porque no quieren, porque peor no lo pueden hacer. Y no se trata de los gobernantes que tenemos ahora, si no de los anteriores... y los anteriores... y así sucesivamente...
Pero no debemos es tar tan mal, (supongo), pues no salimos a la calle como salieron los islandeses
Lorenzo SilvaMadrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.
"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka
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