Permítanme comenzar este texto con un acertijo, que tiene que ver con la imagen que lo abre. Los que tengan por costumbre viajar en avión, y pasen en sus viajes por Madrid, reconocerán sin dificultad el lugar:
la T4 de Barajas, una verdadera joya de la arquitectura aeroportuaria (o de la arquitectura a secas) de cuya funcionalidad y limpieza de líneas puedo y debo dar testimonio de gratitud como usuario intensivo de ella que soy (no exagero si digo que paso por ella entre 100 y 200 veces al año). La hora, ya la señala el ingenio que se ve en primer plano y, para aquellos que no hayan reparado en el cielo tras los ventanales, añado que se trata de las once menos veinticinco de la noche. El día es este pasado lunes. El 18 de junio de 2012. El día en que, después de que
los griegos cumplieran con el doloroso papel que les habíamos asignado,
la deuda pública española cruzó la barrera del 7%. A un paso del bono basura. Al otro lado de la línea roja tras la que, según nos vienen diciendo, comienza el abismo, y razones hay para pensarlo. Con esos intereses, y con nuestro PIB menguante, sencillamente no podemos vivir más que para pagar a los acreedores.
El acertijo consiste en adivinar qué pasa al fondo de la foto. Ahí mismo, en la excelsa terminal que en la imagen se ve tan poco concurrida (y recordemos que costó miles de millones de euros, que aún debemos y por los que van a cobrarnos el 7%, lo que arroja un potosí de gasto por cada segundo que pasa ociosa). Y es que, aunque de lejos cueste distinguirla, en esa fotografía hay gente.
Acerquemos la imagen.
El acertijo se convierte ahora en averiguar qué hacen esas personas, las únicas que, a las 22.35 del día en que cruzamos el umbral de la ruina pelona, se distinguen en medio de la carísima mole aeroportuaria. ¿Todavía no lo adivinan? Agrandemos un detalle.
En efecto, en ese instante, al otro lado ya de la línea roja, los únicos humanos que eran visibles en la
infrautilizada T4 de Barajas (a esa hora, de acuerdo, pero tampoco estamos hablando de las 4 de la madrugada, que conste) se hallaban entregados a la contemplación de los últimos minutos del
partido de la Roja. Que a la sazón vestía de azul celeste y que como ya sabrán apeó con un único y agónico gol a la correosa
selección croata
Lo malo es pensar que eso mismo, evadirse con un partido por lo demás bastante tedioso (según me han dicho, no lo vi) y desprovisto de la emoción de las grandes ocasiones (ni la talla del rival ni la trascendencia del encuentro, de fase clasificatoria, lo convertían precisamente en un partido del siglo), era lo que estaba haciendo todo el país, incluidos aquellos que deberían estar revisando o ya directamente arriando los botes salvavidas de este Titanic en forma de piel de toro con cuya zozobra hemos dado en conmemorar el centenario del hundimiento del original. Incluso cabe temer que allá en el lejano México, en alguna pausa entre reuniones, o mirando a hurtadillas el iPhone, estuviera también absorto en la jugada el mismísimo timonel. El mismo que, después de negar que los intereses garantizados por el Estado fueran déficit público y jactarse de haberles impuesto a la Merkel y demás tontainas que le rescataran sin llamarlo rescate, se tomó un aeroplano a Polonia para poder fotografiarse saltando cual hincha en el palco con el gol de Cesc.
Las semanas que vienen ahora no van a ser agradables, y los griegos, tras su heroica autoinmolación en el ara sacrificial de los burócratas bruselenses y los banqueros de Fráncfort, ya no están disponibles como chivo expiatorio. Ahora nuestros problemas son nuestros e intransferibles, como nuestras culpas, y la solución no está en nuestras manos, sino en manos de otros. Es la suerte que les toca a los deudores que se entramparon más allá de su capacidad y agotaron su crédito. Si algún día lo recobramos, o si nos rescatan del todo y podemos poner el contador a cero, haremos bien en tomar nota de la lección y ensayar otras cosas. Pero el tiempo de salvarnos solos, y por nosotros mismos, ya pasó.
A ver qué hace la Roja. Si sigue superando eliminatorias, la distracción está garantizada. Si cae, como empieza a resultar probable por la falta de ideas que según he oído a los expertos parece aquejar a Xavi (y que se antoja reflejo simbólico de la falta de ideas de nuestros líderes), la depresión que le espera a este país va a ser de campeonato.
Y ojalá me equivoque, en todo, empezando por el balompié. Que no sea hincha, y que a ratos me irrite el inmenso espacio de que el fanatismo futbolero goza en nuestro país, no me lleva al extremo ruin de desear a los aficionados ningún mal y ninguna tristeza.
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