
El personaje que abre esta entrada, con su mirada límpida y entrañable, más humana que la de muchos humanos, es el bebé gorila que nació recientemente en el zoo de Praga. Si a la ciudad del Moldava ya le sobraban atractivos, ahí tiene uno más. Se da además la conmovedora circunstancia de que el recién nacido viene a cubrir la baja de un gorila del mismo zoo que murió ahorcado (parece que accidentalmente) pese a los denodados esfuerzos de uno de sus compañeros por salvarlo.
Tras estas lecciones de nobleza y humanidad por parte de los gorilas, qué desalentador es pasar a los humanos. Donde nos encontramos, para empezar, con miradas como ésta:

Ya veremos qué se va descubriendo después, pero lo que ya sabemos es que este señor, don Luis Bárcenas, senador y cargo de un partido político, y por tanto doblemente mantenido con cargo a los impuestos de los ciudadanos (en España, los partidos viven sobre todo del presupuesto del Estado), no pagaba los suyos. Ya no hace falta que se lo pruebe un juez, lo ha admitido su abogado. Diez millones de euros escondidos, para empezar a abrir boca. Por tanto, la codicia que trasluce su mirada es una apariencia que expresa una realidad. La cara, espejo del alma. Para más recochineo, el país al que este hombre evadió los impuestos que le debía cierra urgencias médicas y lo hace por decisión de su propio partido.
Y qué decir de esta otra mirada:

Es la de Mojtar Belmojtar, alias Mr Marlboro, por sus inicios como contrabandista de tabaco. Este hombre, reputado cabecilla de Al Qaeda del Magreb islámico (AQMI), es el más que presumible responsable del asalto a la planta de gas de Argelia y de la muerte de no pocos de los rehenes tomados en la operación (con la colaboración de las autoridades argelinas y sus expeditivos métodos de tratamiento de la amenaza islamista). Su mirada no es siniestra sólo porque tenga un ojo de cristal, como resultado de las heridas que le hicieron perder el auténtico. Es siniestra, sobre todo, porque tras ella alienta el odio, el dogmatismo, la absurda creencia, que tantos hombres acogen, de ser más o mejores que otros, en función de diferencias (una fe, un origen, un color de piel) que son insignificantes.
Así que, lo siento, déjenme volver al gorila de Praga, y ahora en primer plano.

Mientras escribo estas líneas, tengo cerca una mirada nueva y limpia como la suya. Se llama Núria y será catalana y española, sin renunciar a ninguna de las dos cosas y espero que sin creerse por ello de mejor condición que nadie. En este momento, quiero apartar todo lo demás, y enseñarle a no tener jamás la mirada de los dos de arriba. Que el acierto me acompañe.
Me van a permitir los lectores de este blog que por una vez le dé la espalda a la actualidad. En los últimos tiempos, son demasiadas las cosas feas y deslucidas que nos trae, verbigracia ésta (o ésta, o ésta), y pocas las que nos permiten reconfortar el espíritu, algo que de vez en cuando conviene hacer, para que no se encallezca.

Pensaba en ello este mediodía de enero delante del mar. Un mar que es el que muestra la fotografía, y que, visto una vez más en absoluta soledad, le hace sentir a uno que hay mucho más entre el cielo y la tierra de lo que tiende a llamar, a menudo vanamente, nuestra atención. Que hay que volver con más frecuencia los ojos a estas cosas, que hay que enseñarles a nuestros niños a despegar de vez en cuando los ojos de las pantallas con las que ya casi los amamantamos, y subirse a una bici (o a lo que se tercie) para acabar llegando ante el horizonte, donde siempre estamos nosotros mismos, esperándonos. Y dejar la bici así, apoyada en lo primero que uno encuentre a propósito:

Y mirar.
Pensaba en otras cosas que convocan, como ese mar de invierno, la belleza del mundo. Y me acordaba en primer lugar de un libro, las memorias fragmentarias y dispersas del Premio Nobel checo Jaroslav Seifert, nada casualmente tituladas Toda la belleza del mundo. Fue leer su primera página, con su evocación de todas las personas bellas conocidas en su larga vida y que ya sólo vivían en su memoria, y comprender que habría que leerlo hasta el final. Junto a él recorrí las tabernas de Praga, con sus amigos poetas. Y lo vi subir al monte Petrin, con una chica a la que no se atrevió a besar y cuya bisnieta, mucho tiempo después, vino a entrevistarlo y se despidió de él con dos besos en las mejillas que le hicieron sentir que aquella otra chica remota había atravesado el tiempo y las generaciones para darle eso que en su día le había escatimado. Tantas cosas sólo accesibles a los poetas y a quienes sienten la fuerza de la poesía. A cualquiera de ustedes, si se dejan.
Pensé, a continuación, en los cuadros de Otto Dix, en cómo pintó la guerra cuyos horrores sufrió por duplicado, primero en la Primera Guerra Mundial, que le inspiró este tríptico tan formidable como estremecedor:

Y luego la Segunda, para la que fue reclutado, ya mayor, como miembro del Volkssturm, ese ejército imposible de viejos y chiquillos que los sicarios de Hitler formaron para prolongar la agonía de Alemania, con cuyo uniforme cayó prisionero y que le sugirió este autorretrato:

De la presencia de Otto Dix en mis pensamientos actuales, por cierto, tiene toda la culpa este excelente artículo que firma Joaquín Armada para la revista digital Unfollow. Merece la pena seguir ambos enlaces.
Y pensaba, también, frente al mar, en el bello trabajo de un actor ya ido, uno de los de antaño, de esos que no están ya para recoger Globos de Oro como Jessica Chastain (ya lo escribí aquí: me sumo al reconocimiento y lo extiendo a su directora) o como Hugh Jackman (que el hombre se esfuerza, pero en fin, cantar lo que se dice cantar…). Me refiero a Marcello Mastroianni, a su capacidad de trasladar con su sola mirada la desnudez, la nobleza del alma enamorada (interesados, ir al minuto 6.20 del vídeo):
O de encarnar esa caballerosidad que ya es de otra era:
Y en fin, pensando todo esto, me acordé de una canción de Luis Eduardo Aute. ¿Cuál? Claro está, justo ésta:
Y luego dejé mi huella en la arena.

Y la espuma de los días (Boris Vian dixit), que no cesa de fluir, vino a borrarla.
Pero aquí queda esto. Gracias por leerlo hasta el final.
La última película de Katryn Bigelow, Zero Dark Thirty (traducida entre nosotros como La noche más oscura) podrá ser o no la triunfadora de los Oscar (de entrada, no ha salido con tantas nominaciones como se esperaba). Podrá, también, dar o no origen a una causa judicial relacionada con la información privilegiada entregada por personal de la CIA a sus guionistas. Y, finalmente, podrá gustar más o menos al espectador, por su crudeza al retratar el uso y el abuso de poder con que la primera superpotencia (por ahora, lo sigue siendo) resuelve sus problemas y alcanza sus objetivos. Usos y abusos que cuando los protagonizan otros se llaman crímenes contra la humanidad o violaciones de derechos, pero que, cuando quien aprieta el gatillo es alguien con las barras y estrellas en el hombro, resultan ser, simplemente, defensa propia o estado de necesidad.

Dicho todo esto, qué envidia siente uno, desde este rincón periférico y deprimido de Occidente, de lo que el cine americano es capaz de hacer.
Recordemos, es pertinente hacerlo, que a Osama Bin Laden le zanjaron su caso abierto una década antes, tras el derribo de las Torres Gemelas, con una ejecución extrajudicial aprobada y supervisada por el Premio Nobel de la Paz Barack Obama y practicada en Abbottabad, Pakistán, el 2 de mayo de 2011. Es decir, hace poco más de año y medio. En ese tiempo, Bigelow y su equipo han obtenido la más que sensible información pertinente, han escrito el guión, han hecho todo el trabajo de preproducción, han rodado la película, han terminado la postproducción y nos han colocado la cinta en todas las pantallas del mundo.
Alucinante.
Sobre todo, porque el resultado de ese trabajo contrarreloj es cualquier cosa menos una película apresurada o improvisada. Al revés: al margen de sus lecturas o interpretaciones (que por cierto, la directora tiene la elegancia de no dirigir en ningún momento, dejando espacio a la soberanía del espectador), Zero Dark Thirty es una película impecable, soberbia, con todas las piezas ajustadas con precisión de relojero suizo (salvo, quizá, los efectos digitales de las imágenes de los helicópteros que transportan a los Navy SEAL al cruzar de noche la frontera entre Afganistán y Pakistán, al nivel de un videojuego de bajo presupuesto).

Es excelente la narración, con sus tres actos perfectamente diferenciados que permiten al espectador contar con toda la información necesaria para entender el proceso de inteligencia que llevó a neutralizar al hombre más buscado y para que funcione, del modo más demoledor, el clímax dramático de la ejecución final. Son solventes y creíbles hasta el extremo todos los intérpretes, con arreglo a lo que nos suele despachar el cine norteamericano, en el que hasta los peores actores son profesionales intachables de lo suyo, gusten o no. Y la realización, mostrando una y otra vez espacios complejos donde resulta crucial acertar con los planos para que sepamos lo que está pasando, es sencillamente de descubrirse.
Pero lo que más impresiona es esa capacidad del cine yanqui para contar lo que importa, cuando importa, y casi siempre como importa que se cuente. Es inevitable pensar en todas las historias que entre nosotros siguen sin contarse, años o siglos después, y que verosímilmente jamás contaremos. Por poner un ejemplo que no es lejano, en el espacio ni en el contexto, a lo que narra la película de Bigelow: ¿Cuándo nos contará el cine español algo de lo que ocurrió con nuestros compatriotas desplegados en Irak entre 2003 y 2004? Y no me refiero a lo que muestra la por lo demás meritoria Invasor (2012), de Daniel Calparsoro, que es una historia de ficción en la que Irak apenas pasa de ser un pretexto narrativo, sino, sin ir más lejos, a lo que de veras ocurrió en Nayaf el 4 de abril de 2004, cuando la base española fue atacada y sitiada durante horas por insurgentes chiíes que, enfurecidos por el secuestro de su jefe (ejecutado por unos Navy SEAL como los de la película de Bigelow, justamente), pagaron el pato con 300 desprevenidos soldados españoles que hubieron de repelerlos a sangre y fuego.
Si no lo han hecho, no podrán decir que es porque la información no está disponible. Lleva casi siete años publicada en el libro cuya portada acompaña estas líneas, escrito a partir de los testimonios de varias decenas de protagonistas, desde el último soldado hasta el general que mandaba la brigada española.
Pero entre nosotros, a lo que se ve, la realidad no interesa tanto. Nosotros nos lo perdemos, mientras envidiamos a los norteamericanos, que sí se la cuentan.
La anécdota del Premio Nadal 2013 que está en boca de todos la protagonizó e ilustró, seguramente contra su voluntad, la periodista de TVE Raquel Martínez. Con motivo de la noticia, alguien dio en colocar tras su armonioso rostro la efigie de otro Nadal, Rafa, que nada tiene que ver con el premio literario ni, que sepamos, con Eugenio Nadal, el redactor jefe de la revista Destino y catedrático de literatura cuyo prematuro fallecimiento llevó a los organizadores del premio a darle su nombre desde la primera edición del certamen, celebrada en 1944.
El hecho puede considerarse algo chusco, o trágico, según se mire. Probablemente sea ambas cosas a la vez. Lo que en España casi toda la gente tiene en la cabeza, casi todo el tiempo, es a otra gente que le arrea golpes o empujones a una esfera de tamaño variable, utilizando sus propias extremidades o ayudándose de utensilios al efecto. Muy pocos habrán escuchado una sola palabra de las declaraciones del ganador del Nadal de este año, Sergio Vila-Sanjuán, aunque es un hombre que dice cosas y las hayan retransmitido los telediarios. En cambio, millones de personas han escuchado con unción la nadería que sale de labios del ganador del balón de oro, Lionel Messi, hombre tan diestro de pie como inepto de verbo.
Es posible, sólo remotamente posible, que algo tenga que ver esa dicotomía con nuestras dificultades presentes para encontrar una vía alternativa a esa que toneladas de ladrillo inservible nos han taponado para unos cuantos años. Aunque siempre que uno dice esto parece que sea algo de mal gusto. En fin, quede ahí, humildemente, la hipótesis.
Sin embargo, hay otra anécdota de este Nadal 2013 de la que se ha hablado mucho menos (o casi nada, he aquí una honrosa excepción) y que resulta mucho más sugerente y reveladora (lo anterior, a fin de cuentas, no es nada que no supiéramos ya). Y es la presencia entre los seis finalistas, resistiendo hasta la penúltima votación, de una novela titulada La noche de los peones, de la que es autor Esteban Navarro.
¿Y quién es Esteban Navarro? Pues en primer lugar, se trata de uno de esos autores que, sin tener un nombre previo en el panorama editorial, han conseguido llegar a un número estimable de lectores publicando sus libros en formato electrónico. Los que se ha dado en denominar Generación Kindle, por haberse dado a conocer en la plataforma de venta de libros que comercializa el e-reader del mismo nombre.
Cuatro de sus novelas, La casa de enfrente, Los ojos del escritor, Los fresones rojos y El buen padre, están disponibles en múltiples tiendas online (pinchando en los títulos se puede acceder a varias de ellas), donde han conseguido colocarse entre las más vendidas. Ese éxito le llevó a ser fichado por Ediciones B, dentro de su iniciativa, novedosa en el mercado editorial, de apostar por autores noveles que se habían abierto paso comercialmente en la red.
No está mal, y no deja de ser significativo que un autor con ese perfil acceda a la final del premio literario decano de los que se otorgan en España, donde se acreditaron nombres de la importancia de Carmen Laforet, Miguel Delibes o Sánchez Ferlosio. Pero concurre en Esteban Navarro otra circunstancia que hace el hecho doblemente significativo, y que tiene que ver con lo que se exponía en una entrada anterior de este blog. Además de novelista, Esteban Navarro es miembro del Cuerpo Nacional de Policía. Es decir, que a aquellos que piensan en en el agente policial como un iletrado nato, y a los que se dirigía aquella entrada a propósito de dos policías lectores, se les puede añadir que hay policías que no sólo leen, sino que escriben (y el de Navarro no es el único caso: hay más, como los de Víctor del Árbol, Eduard Pascual o Marc Pastor, sin salir de Cataluña). Yendo aún más allá: resulta que esos policías son capaces, con sus escritos, de colarse en la final del Premio Nadal.
Se me permitirá apuntar un detalle de las deliberaciones que estimo que no está protegido por su secreto (no tiene que ver con la decisión) y que sin embargo me parece harto elocuente.
En cierto momento alguien cuestionó la utilización de la palabra “onicofagia” en el manuscrito de Navarro, dicha por un policía, por lo que eso pudiera tener de inverosímil. Jugando con ventaja, porque estaba al tanto del oficio al que se dedicaba Navarro, repliqué a mi escéptico colega que quizá era más verosímil en labios de un policía que de cualquier otro ciudadano: es más probable que un policía sepa que así se denomina técnicamente a la costumbre de morderse las uñas, en tanto que puede leer la palabra en una autopsia, en la descripción forense de los dedos de quien tuviera ese hábito. “Aceptado”, repuso sin más mi interlocutor.
Policías que saben lo que es la onicofagia, que escriben novelas y que llegan a finalistas del premio Nadal. Tres informaciones que me parecen de interés, y más alentadoras que nuestra devoción por los peloteros o que la constatación de que los españoles estamos costeando la carísima nómina de los once del equipo ideal de la FIFA desde nuestra ruina económica y nuestro euro por receta.
Por lo demás, espero que la novela de Navarro, que finalmente no ganó el premio, acabe siendo publicada. Los miembros del jurado así lo sugerimos. Es de esperar que su autor acabe encontrando un editor que crea en él desde el principio y le exima de tener que salir solo a defender sus libros. De lo que me alegraré mucho.
La frase se le escapó a un antiguo conductor de coche oficial reconvertido en seis meses a operador de teléfono del servicio de emergencias (SAMUR), y a estas alturas se ha hecho célebre: "Sacadla como podáis". 
Por eso duele tanto escucharla, y lo último con lo que debemos distraernos es el linchamiento del mensajero. Antes bien deberíamos preguntarnos cómo es posible que, a estas alturas, la desidia llegue al extremo de permitir que se juegue de esa manera con la seguridad de la gente. Y, a renglón seguido de esa pregunta, quiénes, cómo y por qué asumieron ese riesgo, y quiénes, cómo y por qué fueron tan negligentes como para dejar que lo asumieran, utilizando para mayor escarnio, y sin estar siquiera legalmente capacitados para ello, dependencias de titularidad municipal respecto de las que esa noche la administración no ejerció el mínimo control que la prudencia y la sensatez habrían hecho exigible.
Lorenzo SilvaMadrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.
"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka
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