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La Mirilla
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Por L.Silva 5 feb. 2013 17:24


El asunto de la presunta corrupción en el seno del partido del gobierno, vinculada a su ex tesorero Luis Bárcenas, está empezando a salirse de madre. Peticiones de dimisión, de elecciones anticipadas, anuncios de querellas a diestro y siniestro, acusaciones de conspiración, de manipulación, de falsificación…

 

Mientras todo el mundo pierde la calma, la compostura y dentro de poco puede que hasta los modales (o el oremus), quizá sea útil bajar a tierra y fijar una serie de hechos. De esos que no son dudosos, de esos pocos que nos constan, y sobre los que habrá que armar cualquier discurso que unos y otros quieran construir.


 


Hecho número 1: El señor que durante 20 años gestionó las finanzas del Partido Popular llegó a tener (como poco) 22 millones de dinero opaco en una cuenta de Suiza. Lo dicen los propios suizos, a petición de un juez español. Al menos 10 millones los trató de blanquear después con la amnistía fiscal aprobada por sus antiguos correligionarios. Lo dice él mismo, a través de su abogado. Y hasta la fecha el señor Bárcenas no ha dado una sola explicación satisfactoria sobre cómo pudo ganar, por vías aceptables, una suma de dinero tan inmensa, más de 3.200 millones de las antiguas pesetas, que le exime de trabajar de por vida. Que si pegó pelotazos en Bolsa, que si era muy hábil con los negocios… Siendo quien fue, tratándose de dinero escamoteado a Hacienda y estando donde estamos, cuentos de Caperucita.

 



Hecho número 2: Circulan por ahí unos papeles, con una presunta contabilidad del PP (no sabemos si verdadera o falsificada, por el propio Bárcenas o por otros, ni si relativa a gastos e ingresos declarados u omitidos) en la que figuran varias partidas reconocidas como ciertas y efectivamente percibidas por sus propios beneficiarios. La secretaria general del partido, Dolores de Cospedal, ha llegado a admitir, implícitamente, que algunas de ellas obedecían a gastos de viaje y representación, al decirle a una periodista que es normal que a uno le paguen los gastos de viaje. Falta discernir qué partidas son falsas, y si las reales se declararon o no, pero que algo de cierto contienen está admitido por el propio PP, empezando por ese “no es cierto salvo alguna cosa” dicho ayer por su presidente nacional.

 



Hecho número 3: Lo de Bárcenas, lo de sus supuestos papeles y la reacción de escándalo producida en la sociedad española, más la respuesta airada de la oposición, ha trascendido fuera de nuestras fronteras y ya no es un problema doméstico. Para muestra, el tratamiento de cabeceras tan irrelevantes como el Financial Times o el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Las dudas sembradas en torno a las finanzas del PP son ya un factor de descrédito para el país.

 

De los tres hechos anteriores no se deriva, necesariamente, que Rajoy sea un corrupto ni que esté amortizado. Pedir su dimisión inmediata es políticamente legítimo (siempre podrán, y aun deberán instarla sus adversarios) pero para un observador imparcial puede resultar prematuro. Ahora bien, lo que esos tres hechos desmienten es el argumento del PP de que nos encontramos ante un problema fabricado, fruto de una conspiración interior contra el partido y su líder. Bárcenas estuvo dos décadas ahí, Rajoy lo apoyó cuando ya olía a chamusquina, y carbonizado está sin ninguna duda con el certificado helvético de evasor fiscal que ahora porta sobre su frente (por no hablar de las escuchas de la Gürtel y otros muchos indicios que apuntan contra su honorabilidad). De que ese señor tan dudoso y nocivo estuviera al frente de las finanzas del PP no es responsable Rubalcaba, ni ningún periódico. Un presidente popular lo nombró y otros, incluido Rajoy, lo mantuvieron. En lenguaje jurídico se llama culpa in vigilando. Puede no acarrear responsabilidad directa, pero es un error, grave, y del que toca responder. Si no en la forma de dimisión (rigor extremo que pide el adversario, y al adversario no hay por qué concederle todo) sí con una catarsis y limpieza que no puede quedar en una auditoría de varios lustros de finanzas hecha en 10 días por la propia tesorera del partido sin que salga nada (vaya) y unas declaraciones de la renta puestas en la web de Moncloa.


 


Como primera diligencia, sería muy útil que el PP precisara qué cantidades son ciertas, en concreto, de las contenidas en los llamados papeles apócrifos de Bárcenas, y cuáles son falsas. Emitiendo al efecto una declaración responsable que comprometa a quien la formule, si en algo resulta luego faltar a la verdad. Y a renglón seguido, que justificara hasta el último céntimo la procedencia regular de esos euros pagados a sus dirigentes y aportara el soporte documental de los gastos correspondientes. La señora Cospedal debe saber que en una empresa con controles internos adecuados (lo que se espera del partido que gobierna el país) cada euro de una provisión de fondos para gastos que el empleado no reintegra debe ser justificado, por no mencionar que es mucho más eficiente y ortodoxo que la empresa compre los billetes y pague los hoteles correspondientes, en lugar de darle el dinero al empleado para que éste se ocupe de gestionar todos los gastos y los liquide a posteriori, mecanismo incierto, engorroso e ineficaz. Además, a partir de unas cuantías mínimas fijadas reglamentariamente, las dietas se consideran renta, y como tales deben incluirse en el certificado de rendimientos del perceptor.

 

Empecemos por ahí, y sigamos viendo cómo acertamos a disipar por completo las sombras creadas en torno a la credibilidad de nuestro gobierno y, de rebote, de nuestro país. Lo que no puede esperarse es que sin ninguna explicación más, exigiendo actos de fe y amenazando con querellas, se restablezca de la noche a la mañana el crédito cuestionado. La tentación de empezar la casa por el tejado, y no por los cimientos, es tan humana y comprensible como inútil y a la larga contraproducente.

 

Por L.Silva 2 feb. 2013 11:50

Desde hace tiempo, en esta triste feria en que se ha convertido la corrupción en España los tenemos de todos los colores. Es instructivo, aunque resulte un poco deprimente, hacer el inventario de los villanos (por ahora todos presuntos, salvo uno, quede claro) que han ido desfilando ante nosotros en las últimas semanas. Pongámosles cara, examinemos sus características, y extraigamos alguna conclusión.



 

El más notorio y letal, en cuanto al potencial de destrucción que encierra, es el que podríamos llamar el villano de las sombras, el hombre cuya mirada remota y minuciosos papeles denotan una capacidad insuperable de extorsión y devastación. Puesto en plata: si no me tapáis, aquí va a pasar algo muy malo. Y el hecho es que lo taparon durante años, o al menos esa sensación da al ver lo que hicieron: mantenerlo en el cargo mientras pudieron (y algo más) y rodearlo luego de un manto de silencio no exento de cierto apoyo. Sólo ahora, abierta ya la caja de Pandora, se le achaca sin ambages su villanía.


 


El segundo es el que podríamos denominar el villano listo, imaginativo en la fase de perpetración del delito e ingenioso y quirúrgico en el momento del chantaje. En lugar de mostrar los papeles comprometedores a borbotones, escoge cuidadosamente el momento y el mensaje. Sus tiros son de gracia, como los de los francotiradores. Para ejemplo, el golpe maestro del duque em… Palma… do. A su víctima le ha costado la rambla por la que paseaba cuando iba a Palma y la reprobación del consistorio. Para empezar.



 

El tercero es el villano simpático y pizpireto, aunque eso no le reste villanía ni le haga menos pernicioso. Además, es el único certificado como tal a estas alturas por la justicia, con su propia aquiescencia, lo que nos permite retirarle la presunción de no culpabilidad. Su coleta y la sonrisa de su pareja afrentan por igual a los políticos a quienes han cargado las alas de plomo y a los ciudadanos que pagaban la fiesta.


 


El cuarto es un villano de siempre, el oscuro concejal de urbanismo. Con sus tratos con mafioso ruso, sus dineros turbios para el equipo de fútbol que presidía y sus licencias a medida (presunto todo, conste), pone a los pies de los caballos a sus compañeros de aventura y cerca del ridículo a quien, con una responsabilidad mayor, consideró la posibilidad de nombrar jefe de la policía al alcalde al que algunas informaciones aún no confirmadas (quede claro otra vez) señalan como implicado junto a él en los delictivos manejos.

 

Mirando a los cuatro, en su diversidad y en la avería que cada uno ha causado (el primero le ha metido un torpedo en la sala de máquinas al gobierno español, el segundo ha hecho temblar los cimientos de la Casa Real, el tercero ha dejado fundido para los restos al líder de Unió Democràtica de Catalunya y el cuarto ha puesto en entredicho la utilidad pública del ayuntamiento de Lloret de Mar y erosionado al gobierno catalán), sacamos la conclusión. Lo malo de cruzar ciertas rayas, o de no impedir que se crucen en lo que de uno depende, es que acaba tratando uno con gente que, cuando vienen mal dadas, es pésima compañera de viaje, y con la que resulta muy difícil poner proa a otro lugar que no sea el abismo.


 

Por L.Silva 29 ene. 2013 22:00

Hace ahora quince años escribí una novela. Se publicaría tres años después, es decir, hace doce. Desde entonces ha tenido, por fortuna, unas cuantas reediciones. Bajo estas líneas, la cubierta de la edición original y la de una de las posteriores, para quiosco.



 

Aprecio especialmente las colecciones de quiosco. De ellas se nutrió buena parte de mi juventud lectora, y me parecen fundamentales para el fomento y la difusión de la lectura. Siempre que me han pedido permiso para meter un libro mío en una colección de quiosco, lo he dado con entusiasmo. Prefería los tiempos en los que en los quioscos había más libros, y no todos esos coleccionables absurdos (cuando no son vajillas o cuberterías) con los que ahora se trata de vender periódicos.

 

Pero éste no es el tema. El tema es que hace unos días un personaje de mi novela ha venido a buscarme y a pedirme cuentas. Así, como lo oyen.

 

Estas cosas son raras, pero pasan.

 

La novela, entre otros escenarios, sucede en un lugar al que ya me he referido en este blog: Sidi-Dris, un cerro perdido entre Alhucemas y Melilla, con una impresionante vista sobre el Mediterráneo, y donde en 1921 hubo una atroz batalla que costó la vida a la mayor parte de los 300 españoles que lo defendían.

 

Para que se vea que no exagero con la vista, es ésta:



En el capítulo 10 de la novela se narra la llegada de algunos de sus protagonistas a Sidi-Dris, huyendo desde Talilit, otra posición que cayó en aquellos días, y con cuyos supervivientes se incrementó la sitiada guarnición. Uno de ellos viene enfermo, y lo llevan a la enfermería. Y esto es lo que cuenta el libro:

 

En Sidi Dris reinaban a partes iguales la inquietud y el desaliento. Amador arrastró a Andreu hacia la enfermería, donde se amontonaban los heridos. El oficial médico vino a examinarlo al cabo de media hora. Le bajó el pantalón y se inclinó con gesto impasible sobre la herida. Le volteó para verla por atrás.

-Entrada y salida y sin tocar el hueso ni la arteria -concluyó-. ¿Tú juegas mucho a la lotería, chaval?

-No precisamente -respondió Andreu.

-Pues deberías. Voy a limpiarte la herida y a vendarla. Y no hay mucho más que hacer, hasta que venga el barco a sacarte.

En un catre cercano había un soldado con la cabeza vendada. Estaba inmóvil, mirando al techo. Canturreaba, en voz queda:

 

Los suspiros de Melilla

no llegan a mi ventana,

porque pasa el mar por medio

y se quedan en el agua.

 

-Es una condenación -dijo el médico, mientras desinfectaba a Andreu-. No hace más que cantar esa copla. Parece que se la decían a los quintos las mozas de su pueblo. Es lo malo de los tiros en la cabeza. A unos les da por cantar y a otros por gritar como si los estuvieran desollando.

-Mejor será que cante, entonces -masculló Andreu, aguantándose el dolor.

-Mejor sería que le hubieran dejado en el sitio -opinó el médico, brutal.

 

 

Mis tres personajes eran de ficción, aunque inspirados en los mártires reales de aquella aciaga batalla. Traté de hacerlos verosímiles, quise que, aun inventados, lo que dijeran y cómo lo dijeran fuera congruente con quiénes eran y lo que vivieron.

 

Pues bien, en efecto había un médico en Sidi-Dris. Luis Hermida Pérez, se llamaba. Hace unos días recibí un correo electrónico. Mi corresponsal, Isabel, oriunda de Galicia, me decía que sus bisabuelos, que habían tenido amistad con él, guardaban una foto de aquel hombre, muerto en plena juventud y cabe presumir que sin descendencia, como la mayoría de aquellos soldados infortunados. Me la adjuntaba al correo. Aquí está:


 



Confieso que sentí un escalofrío al ver esos ojos mirándome, y que en seguida busqué el libro y en él, el pasaje que acabo de transcribir. Confieso, también, que respiré aliviado al ver que no había puesto en labios del personaje literario que le representa nada deshonroso, ni lo había mostrado como alguien negligente en su oficio. Que tan sólo le había atribuido una desesperanza comprensible y en absoluto censurable, en quien por lo demás seguía al pie del cañón, tratando de salvar las vidas que se le encomendaban.

 

No quiero ni imaginar qué habría sentido si hubiera sido de otro modo. Porque en esa mirada hay un hombre limpio y de honor. Viéndolo ante mí, me alegra haber escrito aquel libro para reivindicar su nombre y el de todos aquellos soldados perdidos. Y me conmueve que haya venido a través del tiempo a buscarme. Quiero pensar que donde quiera que esté, después de todo lo sufrido, encontró la paz que merecía.

 

Por L.Silva 25 ene. 2013 17:56



Le hemos dado un año largo. Lo que ha hecho con él ha sido, resumiéndolo en pocas palabras, permitir (o no impedir, póngase como se prefiera) que el paro aumentara en más de 800.000 personas. Con semejante hoja de servicios, una ministra de Empleo que se tomara en serio su responsabilidad comparecería ante la ciudadanía entre apesadumbrada y avergonzada. Ítem más: resultaría perfectamente verosímil que lo hiciera con la carta de dimisión debajo del brazo, lista para enviarla al que en su día la nombró para el puesto.

 

El primero de los misterios de Fátima (Báñez) es el proceso mental por el que llega a creerse, en cambio, en posición de presentarse ante la opinión pública esgrimiendo el presunto éxito de haber logrado que el ritmo de destrucción de empleo comience a frenarse


Dejando aparte lo muy discutible de la afirmación y del razonamiento en ella subyacente, se trataría de un logro ínfimo, muy por debajo de los supuestos efectos taumatúrgicos que se nos dijo que tendría para la economía española la llegada de su partido y de su presidente al gobierno, en primer término, y en segunda instancia la reforma laboral por ella ejecutada (uno se lo piensa antes de escribir “impulsada”). 


Pero es que además resulta pertinente recordarle a la señora ministra que el ritmo de destrucción de empleo en España ha sido tan alto, en los últimos años, que se necesitaría un tsunami, el colapso simultáneo de varias centrales nucleares y alguna otra catástrofe combinada para conseguir acelerarlo. Tenemos ya una tasa de ocupación irrisoria, dramática. Felicitarse de que no siga disminuyendo al mismo ritmo es como felicitarse por la mejora de nuestra balanza exterior, debida no al aumento de las exportaciones (de hecho, están a la baja), sino a la drástica reducción de las importaciones efectuadas para abastecer a una población que pierde a chorros su capacidad de consumo. 

 

El tino de las palabras de Báñez es inversamente proporcional a la furia que ha desatado en la población. De nuevo ha conseguido ser trending topic con apreciaciones tan cariñosas como éstas:

 


Hacer triunfalismo desde la miseria era lo único que le faltaba a la ministra, después de sus otros logros registrados, como engañar a los ciudadanos descartando una reforma de las pensiones ya decidida o difundir por la red su puntaje en el videojuego ese de disparar contra las burbujas (para cargarle luego el muerto a un niño que en todo caso, si ella fuera diligente, no debía tener acceso al perfil ministerial):


 


Y aquí viene el segundo y más radical misterio de Fátima: no habiendo demostrado ninguna habilidad de gestión, y habiendo exhibido en cambio reiteradas veces su capacidad de exasperar al personal, ¿qué fue lo que vio en ella Mariano Rajoy, cuando decidió depositar sobre sus hombros la que tal vez sea la responsabilidad más espinosa de las que le tocaba repartir al confeccionar la lista del consejo de ministros? ¿Quién o qué le aconsejó encomendarle a esta mujer, de tan poco recorrido dialéctico, tan escaso carisma político y tan desmañado desempeño en el arte de comunicar, la gestión del más angustioso problema que nos atenaza a los españoles?

 

Viajando en las hemerotecas a sus comienzos, a cuando con 33 años concurría como candidata a las elecciones del 2000, nos encontramos con esta perla:



 

Seamos malos, tenemos derecho, aunque sea como pataleta, ya que le pagamos a esta señora el sueldo, el chófer y los escoltas: así se entiende todo.

 

 

 

Por L.Silva 22 ene. 2013 18:38




Lo hemos sabido hoy: durante el año 2012, el del vía crucis para millones de españoles, la Casa Real mantenía 72 coches oficiales. Exactamente los que se ven en la imagen (o digamos que se ven hasta cierto punto; hay que reducir mucho su tamaño para que quepan todos). Lo sabemos porque se nos ha anunciado que para el año que viene renunciará a 27 y se quedará con 45. También hemos sabido que aunque empieza 2013 con 68 chóferes, terminará con solamente 61. Pensemos en el salario anual de 68 funcionarios a los que cabe presumir razonablemente bien pagados. Más sus cargas sociales, dietas, horas y demás. Hagan la cuenta. O mejor no la hagan. Produce no sólo malestar, sino alguna perplejidad, por decirlo suavemente, ante la afirmación que suele hacerse de que la Casa Real sólo cuesta 8 millones de euros a los españoles.

 

¿Es barata la Monarquía? Eso suelen alegar sus defensores, escudándose en esa improbable cifra (en la que, como es sabido, no están comprendidos los gastos de mantenimiento en uso de los palacios –que paga Patrimonio Nacional–, ni la seguridad –cargada a Interior-, ni muchos viajes –cargados a Exteriores–, ni buena parte del personal al servicio del monarca, encuadrado en la Guardia Real –y por tanto cargado en el presupuesto de Defensa–). También suelen invocarse, como mal que nos ahorramos teniendo rey, los supuestos grandes gastos de elegir y atender a los presidentes de las repúblicas.

 

Claro que es cuestión de escoger el término de comparación. Vale el argumento si se compara con éste:

 




O con éste:

 




Pero al margen de que estos presidentes también son ejecutivos, es decir, en la práctica gobiernan, por lo que sus funciones son algo más que las meramente representativas y englobarían (de facto) también las de jefe del gobierno, siempre podrían ponerse otros términos de comparación. Como por ejemplo, éste:

 

 

 


Ah, ¿que no saben quién es? Convendrán conmigo en que eso ya dice mucho de su discreción. Se trata del presidente de la República Federal Alemana, Joachim Gauck. Que ya pueden apostar que no tiene 72 coches a su servicio. Por cierto, que la primera ministra también les sale a los alemanes mucho más barata. Para empezar, no carga al erario el coste de los desplazamientos de su marido, que vuela en low cost.

 

En los tiempos que corren, excesos de este calibre no se pueden permitir. No se le puede decir a una anciana agonizante que se las arregle para hacer 40 kilómetros hasta el dispensario de urgencias más cercano, mientras alguien tiene a su disposición 72 coches (o 45, tanto da) en perfecto estado de uso y con el chófer correspondiente.

 

Los que no somos monárquicos vemos en datos como éste un motivo más para nuestro republicanismo. Los más radicales tienen un argumento para pedir la inmediata abolición de la constitución vigente; los republicanos moderados, que aceptamos que la monarquía esté ahí y la respetamos, sin compartirla, en tanto que hoy por hoy su pervivencia parece ser la voluntad de los españoles, hemos de proclamar nuestra disconformidad con el dispendio, que ofende a tantos conciudadanos sin recursos. Aun me atrevería a decir que los monárquicos, pensando en el bien de la institución que tanto admiran, deberían promover una mayor austeridad en su organización actual. Cosas así son las que van poco a poco deslegitimando a quien las permite o se sirve de ellas, frente a quienes han de sufragarlas.


 



Claro que siempre podría ser peor. Por lo menos, aquí no tenemos a ningún figura como el de la foto anterior, que se sube al Apache a acribillar talibanes (¿seguro que lo eran todos a los que les disparó?) como quien juega a la PlayStation, y luego farda de ello.

 

En fin, quien no se consuela, es porque no quiere.

 

 

 
  • Lorenzo SilvaLorenzo Silva

    Madrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.

Sobre el blog

"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka

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