Empecé a ir como autor a la Feria del Libro de Madrid en el año 1995, con mi primera novela publicada, Noviembre sin violetas. Desde entonces, he acudido a la cita todos los años, lo que quiere decir que la que hoy comienza hace la número 19 y que el año que viene, o eso espero, afrontaré la vigésima.

En estos dieciocho años he aprendido a vivir y a querer esta feria singular, que sin menoscabo de las otras muchas a las que me han invitado (este año las de Valencia, Sevilla, Córdoba, Valladolid o Las Palmas, entre otras), tiene algo que resulta difícil de igualar: ese espacio sereno y privilegiado que el parque del Retiro ofrece, en su esplendor primaveral, para el encuentro entre las gentes del libro. Me refiero, claro está, a quienes los leen y a quienes los escriben, con la complicidad de esos intermediarios providenciales y no siempre bien comprendidos, los editores y los libreros, que propician su conjunción.
En la Feria del Libro hay muchos días (nada menos que diecisiete) y anchas horas para que el autor pueda conocer y ser conocido por aquellos que justifican su trabajo leyendo y dando vida a sus páginas. También es la mejor oportunidad para mirar y procurarse esos libros que no son los que se apilan en columnas en las mesas de los más vendidos; esos libros cuya gozosa diversidad, y cuya a veces minoritaria audiencia, expresan la variedad de miradas y afanes que por ventura sigue aún caracterizando a la condición humana, salvándola, al menos en su expresión literaria, de la serialización clónica a la que tienden a someternos los gestores y las fuerzas casi inapelables de la sociedad de consumo.

Gracias a la Feria del Libro sé, también, de la disparidad de las personas que leen lo que escribo: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, pudientes y no tanto, conservadores y revolucionarios. Es para mí una felicidad incomparable comprobar que un libro puede ser una casa en la que quepan todos, y a veces me resulta abrumador sostenerles la mirada, sobre todo cuando, como ocurre alguna vez, acuden a la caseta con una pila de libros para firmar. Ha llegado a venir alguien que decía traer todos los que he publicado, y era cierto. Si se tiene en cuenta que con el último ya son 43, se comprenderá que me abrume.
La Feria representa para mí la dichosa convicción de que esto es algo más que un negocio, de que aquí hay algo que nos sostiene y une, más allá del marketing y las estrategias, no siempre acertadas, con que se trata de vender libros: la pasión, que es lo que permite que, en estos tiempos convulsos, de escaseces y atajos, siga habiendo gente que, pudiendo bajarse todo vía Google, siga comprando libros de papel, o incluso ebooks, para ayudar a que unos cuantos chalados sigamos escribiéndolos. Este año, con la bajada de ventas y el desplome del consumo, las ferias del libro están siendo verdaderas tablas de salvación para editores, libreros y autores. Las buenas cifras que están arrojando, con ventas superiores al año pasado (en Málaga y Sevilla, por ejemplo) son un respiro que además certifica la apuesta de los lectores, esa bendita y extraña minoría, por aquello que aman.

Mientras sigan existiendo estos lectores, el barco seguirá navegando, por oscuras y tempestuosas que sean las aguas en las que otros barcos (el cine, la música) ya se hundieron. Los que hacemos los libros tenemos que apostar por seguir poniendo en ellos lo mejor que tenemos, por ofrecerles a nuestros interlocutores libros de papel bellamente editados, que quieran poseer y conservar, y en el formato digital, ebooks bien hechos y asequibles que nos ayuden a robustecer el vínculo. Y entre tanto, acudir a la Feria del Libro, es una manera de celebrar, unos y otros, que seguimos ahí, apoyándonos y encontrándonos.
Esta Feria coincide para mí con varias celebraciones particulares, que tienen que ver con los dos libros cuyas cubiertas ilustran esta entrada. La primera es la de The Faint-hearted Bolshevik, la traducción al inglés de La flaqueza del bolchevique a cargo de Nick Caistor e Isabelle Kaufeler, editada por Hispabooks, y ya disponible en todo el mundo, comenzando por los Estados Unidos. Una muestra de lo mucho bueno que nos trae el ebook, como la posibilidad de difundir una obra literaria en el lenguaje más internacional y a escala universal. Y es que reivindicar el valor del libro de papel no es incompatible con la revolución digital. La segunda razón para la celebración es Suad, mi regreso a la literatura juvenil, al cabo de una década, de la mano de Noemí Trujillo. El libro, que ha sido distinguido con el V Premio La Brújula, se presentará el próximo día 7 a las 18.00 horas en el mejor marco que puedo imaginar: el parque del Retiro y la Feria del Libro de Madrid.

La tercera celebración es la más especial de todas: el domingo día 2, a las 13.00 horas, junto a Jordi Évole, Ángel Gabilondo, su viuda Olga Lucas y su editora Núria Cabutí, recordaremos que tuvimos la inmensa fortuna de conocer a un ser humano excepcional: José Luis Sampedro. También será en la Feria, que reconoce así la deuda de gratitud que tiene con él. Lo vi muchas veces en la caseta, atendiendo a la gente con su amabilidad y su proverbial sabiduría, y dedicando sus libros con su caligrafía hermosa y esmerada. Sé que nunca podré igualarlo, en ninguna de las tres cosas, pero es el modelo que me inspira y guía cuando tengo el enorme, el formidable, el nunca lo bastante agradecido privilegio de tener ante mí a un lector.
Postdata: Para quién esté interesado, he aquí la relación de las firmas que tengo confirmadas.
Sábado 1:
De 12.00 a 14.00 horas: Librería Visor (Caseta 230)
De 19.00 a 21.00 horas: Vips (Casetas 67-68)
Domingo 2:
De 11.00 a 13.00 horas: Neblí (Caseta 278)
De 18.30 a 20.30 horas: Rafael Alberti (Caseta 246)
Sábado 8:
De 11.00 a 13.00 horas: San Pablo (Caseta 228)
De 13.00 a 14.30 horas: Gaztambide (Caseta 100)
Sábado 15:
De 12.00 a 14.00 horas: Diálogo (Caseta 132)
De 20.00 a 21.30 horas: FNAC (casetas 41 y 42)
Domingo 16:
De 12.00 a 14.00 horas: Gomber (Caseta 32)
Al leer la noticia me doy cuenta de que no sé lo que vale un gintonic, porque hace mucho (desde que decidí reducir mi ingesta alcohólica a un vaso de vino en las comidas y un dedo de whisky de malta de siglo en siglo) que no lo tomo. Pero por lo que han estado tuiteando durante el día de hoy los conocedores de la materia, el precio al que según el pliego de condiciones ha de despacharlo la contrata del Congreso de los Diputados, 3,45 euros, debe de ser escandalosamente irrisorio. La prueba, tomada del boletín oficial de las Cortes:

La cosa, intrínsecamente considerada, no tiene mucha importancia. Tienen razón los tuiteros que, ante el furor desatado en la red de microblogging a propósito del asunto, se quejan de que darle tanto altavoz a semejante insignificancia puede servir para distraer la atención de lo realmente trascendente. Pero lo cierto es que hay cosas que uno no sabe cómo tienen la desfachatez de permitirse. Ya resulta cuestionable que en un lugar de trabajo deba haber una oferta de alcohol de alta graduación para embotar el entendimiento de los trabajadores. Desde luego, en ninguna de las empresas en las que yo he trabajado había abasto de esa mercancía organizado por el empresario (otra cosa eran las petacas que alguno colaba subrepticiamente). También tengo mis dudas acerca de si, en el supuesto de que yo gestionara una empresa con empleados, sería éste un suministro que me ocupara de ofrecerles, en condiciones ventajosas o desventajosas.

Si encima los gintonics les salen a sus señorías más baratos que al resto de los mortales, los mensajes que se están enviando no pueden ser más alarmantes. Primero: no sólo no le disuadimos a V.S. de cocerse, sino que le estimulamos a ello vía nuestra generosa política de precios. Segundo: sólo hay una forma de explicar que los gintonics les cuesten a los diputados mucho menos que a cualquier ciudadano de a pie, y es que el empresario que se los sirve a ese precio de amigo, y que ha de sacarle rentabilidad a su negocio, como cualquier empresario, lo haga porque resulta subvencionado por la cámara a través de alguna otra partida de ingresos. De donde se sigue un tercer mensaje: siendo el Congreso una institución pública, financiada con cargo a los impuestos sufragados por los ciudadanos, resulta que los impuestos que pagamos están yendo a bajarles la factura alcohólica personal a nuestros representantes.

Puesto en plan más demagogo todavía: algún euro que un parado paga con sudores, en el IVA del 21 por ciento sobre el recibo de la luz, acaba convirtiéndose en un euro que se ahorra un diputado a la hora de administrarse un pelotazo.
En fin, abracadabrante.
Y sobre todo, lo que resulta alucinante e increíble es que estas personas que están ahí, representándonos, no se hayan dado cuenta aún de que tienen que extremar la sensibilidad para evitar detalles como éste, desde el momento en que cobran una holgada nómina de una ciudadanía depauperada, ultrajada, entristecida.
Que las alegrías, si se las quieren dar, tienen que empezar a correr de sus bolsillos.
Se han tomado su tiempo. Al cabo de diecisiete meses, el gobierno ha aprobado, finalmente, su urgente y anunciada ley de ayuda a los emprendedores. Para muchos, llega tarde.

Son unos cuantos, sin ir más lejos, los que han quedado por el camino, al no poder sobrevivir a la pinza diabólica entre una financiación cercenada y una fiscalidad que gravaba capacidades económicas inexistentes. No existe dicha capacidad económica, por poner un ejemplo, para ingresar un IVA que no se ha cobrado del cliente y que, en muchos casos, jamás se va a cobrar. Y sin embargo, tocaba ingresarlo. Cualquier autónomo lo sabe, y ha tenido que padecerlo y apoquinar mientras escuchaba al inefable Luis Bárcenas declarar que escondía su dinero en Suiza, lejos del conocimiento de la Hacienda Pública española, porque ese comportamiento era “de sentido común”. El que esto escribe, sin ir más lejos, en los días en que al chiripitifláutico ex tesorero del PP se le escapaba semejante perla, tuvo que ingresar unos cuantos euros de IVA no percibido y que tardaría aún bastante en percibir.
Se te quedaba una cara de tonto…
En fin, de ahora en adelante, o mejor dicho, cuando entre en vigor la ley, podrá hacerse coincidir la obligación de pagar con el cobro efectivo, siempre con ciertas condiciones, no vayamos a entusiasmarnos. A muchos, de nada les servirá ya.

Son algunos, también, los que tenían un proyecto empresarial y que, hartos de esperar a que el gabinete de Mariano el Paciente aprobara la dichosa y prometida ley, se han tenido que tirar a la piscina pasando por todas las monsergas y todos los costes burocráticos que la nueva ley trata de simplificar. Ya nunca les aprovecharán sus facilidades, y han tenido que soportar trámites propios de hace dos siglos, con sus exacciones correspondientes en dinero y tiempo (que también es dinero) y mediante las que, antes de empezar a jugar, el Estado ya lastra la viabilidad del negocio. De nuevo tiene este bloguero la experiencia de recorrer el viacrucis necesario para poner en marcha una empresa en España: largo, tedioso y plagado de trabas e impuestos revolucionarios que toca aflojar con la deferencia debida a quien te corta el paso con un machete y te hace ver que, o le satisfaces, o no sigues camino.
Digamos que frente a los emprendedores, esos personajes ante los que a partir de hoy se abre un horizonte lleno de promesas merced a la demorada munificencia gubernamental, estos otros son los emprendidos, los que ya se han liado la manta a la cabeza (en muchos casos como única alternativa para entretener con algo la mente y los días, en un país donde el empleo brilla por su ausencia, y donde el menú se limita a dos platos: o sumarse a los 6.200.000 parados o aceptar cualquier infraocupación). Por pocos meses, no les alcanzará el grueso de los beneficios que el nuevo texto legislativo recoge. Su delito: haber apostado por emprender en este país cuando nadie, ni siquiera su gobierno, apostaba por ello.

Ahora ya están subidos al barco, tratando de mantenerlo a flote y de no caerse por la borda, mientras la tormenta les golpea desde todos los costados. La ley que les llega con retraso les tira algún mínimo flotador. No será eso lo que los salve.
Y habrá que ver, sobre todo, si les sirve de algo a los que puedan aprovecharse de ese abanico de supuestas ventajas. Un primer vistazo al contenido de la ley le permite a uno identificar unos cuantos beneficios nimios (o que eran de cajón, y un desafuero que no estuvieran vigentes desde hace años) y algunas simplificaciones burocráticas loables sobre el papel pero que habrá que ver cómo funcionan en la práctica, en manos de una administración en la que, tradicionalmente, el nivel de cooperación con el ciudadano en el favorecimiento de su actividad fluctúa entre bajo y muy bajo.
Por si acaso, a quienes se lo estén pensando, cabe recomendarles que no se ilusionen más de la cuenta. Mientras no se demuestre lo contrario, también corren el riesgo de pasar, sin transición ni anestesia, de emprendedores a emprendidos.
Tendemos a considerar el hecho de perdernos como un accidente aciago. En cierto sentido, no cabe duda de que lo es: cuando nos perdemos, a menudo eso implica que llegaremos tarde al lugar al que íbamos; si el escenario es desconocido, puede comportar una dosis de nerviosismo o desasosiego; y en casos extremos puede incluso llegar a convertirse en un percance fatal. Sin embargo, hay otra forma de enfrentarse al hecho de perderse. Con una actitud que quizá no podamos permitirnos a menudo (con la vida que llevamos, casi todos vamos siempre más apurados de la cuenta) pero que, si se dan las circunstancias favorables, bien puede llevarnos a experimentar el perdernos como un regalo inesperado.

Ayer me perdí en Praga. Al llegar al aeropuerto saqué un billete para el autobús que lleva directo al centro, pero a la hora de tomarlo me metí en otro que paraba justo al lado. En mi descargo, padecía a la sazón de una rinitis apocalíptica (tal vez alergia, tal vez un resfriado como consecuencia de los bruscos cambios de tiempo de este mayo) que me tenía lo bastante aturdido como para discernir apenas una parte mínima de la realidad que me rodeaba (y para mayor incomodidad, había agotado mis pañuelos de papel).
El caso es que el autobús me dejó en Dejvická, bastante lejos de la plaza de la República, a donde me dirigía. La cara de tonto que se me quedó cuando bajaron todos los pasajeros en ese barrio, notoriamente periférico, fue de las que hacen época.
Por suerte, y por excepción, ayer no tenía prisa. Disponía de toda la tarde para escribir un artículo y repasar mis notas sobre los candidatos al Premio Internacional Franz Kafka, del que en calidad de jurado acudía a la ciudad. Otra suerte es que Praga está edificada en torno a un río, el Moldava, y que el centro histórico se halla justo a su orilla. Para llegar a él no hay más que buscar la pendiente hacia abajo, que inexorablemente conduce al curso fluvial.

Así que eché a andar, remolcando mi pequeña maleta. No hube de caminar demasiado (cosa de veinte minutos) antes de encontrar el primer lugar que recordaba de otras visitas: justamente el parque Chotkov, al que no había podido acercarme la última vez que estuve en Praga, y que traía en mente como la única visita obligada en esta ocasión, en que mi estancia iba a ser bastante corta. Casi lo experimenté como una señal: merced a mi torpeza, he aquí que llegaba al centro de Praga justo por el lugar al que tenía pensado acudir esa misma tarde. Gracias a mi extravío, ya no iba a hacer falta, y podía ver el parque, quizá uno de los más bellos de Praga, bajo la luz de un mediodía realmente esplendoroso.
Las fotos que ilustran esta entrada lo atestiguan. Y no es una excepción la que le saqué a su monumento más conocido, el Belvedere, antiguo palacete imperial:

¿Por qué quería ir hasta el parque Chotkov, y por qué me permito dedicarle esta entrada del blog? Porque era el lugar favorito de Franz Kafka, al que solía acercarse para contemplar, tendida a sus pies, la ciudad que odiaba y amaba a un tiempo, de la que escribió siempre, de la que siempre quiso salir y al final se marchó, aunque trajeron de vuelta su cuerpo para enterrarlo y su efigie se convirtió en el emblema más recurrente de una urbe que hoy es pasto de turistas. Así es como se ve Praga, desde las alturas del parque Chotkov:

Y éstas son las praderas en las que Kafka pudo sentarse alguna vez, aunque cuando salía era más de caminar que de quedarse quieto:

Por lo demás, Praga, con turistas y todo, sigue siendo la capital más hermosa y de cielo más diáfano de Europa. Quizá habría que pensar en ella como capital alternativa, algo así como la capital europea del alma (frente a Frankfurt, capital del dinero; Bruselas, capital de los administradores y administrativos; y Berlín, capital de… bueno, de Ella).
No sé a quienes puedan leer esto, pero a mí me consuela pensar que un hombre tan frágil y limpio como Kafka, desde una ciudad tan furtiva como Praga, fue capaz de alzar la obra literaria más inmensa del siglo XX europeo. Viene a ser, como dijera su traductora y amante Milena Jesenská, el triunfo de los débiles sobre los poderosos, un triunfo que se alcanza avergonzándolos de su poder con la sola fuerza del talento.
En otro orden de cosas, la deliberación del jurado del premio ha sido tan interesante como cabía esperar, aunque como es de rigor no puedo contar nada, y ha arrojado un resultado justo (pese a que no fuera mi candidato). No lo puedo hacer público hasta que no lo difunda la organizadora del premio, la Sociedad Franz Kafka de Praga, y a la hora de cerrar esta entrada veo que aún no han emitido la nota de prensa, así que dejo ahí el suspense.
Como curiosidad, de la que me he dado cuenta esta mañana (ayer estaba demasiado congestionado), me alojaron, imagino que no por casualidad, en el hotel que antaño era el Instituto de Seguros de Accidentes del Trabajo del Reino de Bohemia, donde trabajó Kafka durante largos años como asesor jurídico:

Y aquí, a quince metros de mi habitación, estaba su oficina:

Toda una sensación, recorrer estos pasillos y pensar que hace cien años caminaba por ellos el escritor que abrió para la literatura un nuevo territorio, tan vasto y sobrecogedor como inexplorado hasta entonces.

Como siempre que voy a Praga, he comprado un libro sobre Kafka. En esta ocasión ha caído éste, un dietario con citas escogidas:

Y me he encontrado esta perla, con la que cierro:
Es gibt nichts Schöneres als so ein Handwerk. Intelektuelle Arbeit reißt den Menschen aus der menschlichen Gesellschaft. Das Handwerk dagegen führt ihn zu den Menschen.
Que más o menos significa:
No hay nada más hermoso que una tarea manual. El trabajo intelectual arranca a las personas de la sociedad humana. El trabajo manual, por el contrario, lo conduce a uno hacia las personas.
Postdata: Ya puedo contarlo, puesto que lo ha hecho público la propia organización del premio. El galardonado del año 2013 con el Premio Internacional Franz Kafka es el escritor israelí Amos Oz. Bien merecido, sin ninguna discusión.
Hubo un tiempo, casi no me acordaba, en que como a todos los chavales me gustaba el fútbol. Lo seguía, lo jugaba en los recreos y en el barrio, incluso llegué a estar, muy brevemente, federado como infantil. Jugaba de defensa, que ya es vocación. Tampoco se me daba muy bien, pero vaya, lo disfrutaba.
Todo eso se acabó con la enajenación en bloque de los derechos televisivos, aquella astutísima y muy lucrativa operación que en tiempos de crisis balompédica tripuló una empresa llamada Dorna (de la que nadie se acuerda hoy, pero que por un azar de la vida estaba en el mismo edificio en el que a la sazón yo trabajaba, la luego incendiada torre Windsor). A partir de ahí vino la multiplicación del tiempo de telediarios dedicado al fútbol (la tele tenía los derechos, la tele nos bombardeaba con el asunto para hacerlo más rentable). Preparado así el terreno, el estallido del negocio publicitario, urbanístico y de toda índole vinculado al juego de la pelotita pateada creó el monstruo voraz, el anestésico de mentes y conciencias y el inmenso vaciadero de euros y energías que es el fútbol hoy. Y dejé de sentir que eso tuviera algo que ver conmigo.

Pero anoche recordé de pronto esos tiempos más sencillos y genuinos de mi niñez. Y recordé, también, por qué entonces, con todos los equipos que había, y con todos los que había en mi ciudad (nada menos que tres), yo era del Aleti.
Confieso (cáigame el reproche que me corresponda) que nunca veo fútbol: desde hace años esas dos horas de cada partido del siglo las utilizo para ir al cine, cenar fuera o simplemente darme el gusto de pasear por una ciudad desierta. Incluso me irrita que me cambien de fecha un acto cultural porque hay partido de la Champions. Insisto en mantenerlo y siempre viene alguien; normalmente, quien más te interesa que venga.
Anoche, sin embargo, vi el partido. Tengo en casa a un madridista, y estaba deseoso de ver a su equipo llevarse a la boca el único hueso que le quedaba esta temporada. Como todos los madridistas (recordé, una vez más, por qué yo era del Aleti), el mío encaraba el encuentro con esa arrogancia de quien se cree superior, frente a unos desharrapados como los colchoneros, eternos sufridores, gladiadores sin estilo ni glamour (comparados con la legión de modelos de Armani que alinea Mourinho). Como le conozco, y pese al tiempo transcurrido sigo conociendo al Aleti (y a los atléticos, aullando anoche como un solo hombre, sin miedo ni vergüenza, en el templo enemigo), le sugerí que no cantara victoria antes de cazar el oso. Le advertí que el Aleti en estas ocasiones es un rival chungo, cargado de convicción: esa convicción de que ante nada hay que arredrarse que da la costumbre de recibir y el haber hecho ya callo en el alma y el corazón con los golpes y los reveses sufridos.

El partido siguió el guión que yo intuía. Un Madrid ensoberbecido (un poco más), merced al gol tempranero de su estrella, se estrelló contra el muro de hoplitas atlético, que cuando su portero estaba batido aún tenía seis pies de defensas para repeler cualquier agresión. Eso, y no los palos, liquidó al Madrid. Conviene recordar que en el fútbol lo que puntúa es meter la pelota dentro, y que una falta estrellada en el palo es una falta mal tirada, o bien defendida, o las dos cosas a la vez.
Controlado el peligro atrás, sólo falta tener algún zapador capaz de dinamitar las defensas contrarias. Y el Aleti, por lo menos cuando es de veras el Aleti y se ordena y provee su plantilla con arreglo a sus principios, siempre cuenta con alguno. Temían a Falcao (un jugador esteta, aspirante inmediato a estar en cualquier otro equipo) pero el Aleti es esos otros dos, Diego Costa y Miranda, que no servirán para una campaña de Massimo Dutti, pero que a golpe de pico y pala y cizallas se abrieron paso entre las alambradas para ejecutar con dos golazos sumarísimos (venga alguien a discutirlo) al envanecido gigante blanco.

En fin, un triunfo justo, sintiera lo que sintiera mi madridista, que anoche aprendió una lección: que no hay enemigo pequeño, que nadie puede despreciar a nadie y que los grandes ejércitos de muchos pertrechos y muchos bagajes deben cuidarse de los combatientes que nada tienen que cargar ni que perder.
Y otra lección, si convertimos esa final de la Copa sin pitos al himno en metáfora del país al que éste representa: la España que apostó todo al gigantismo, al alarde, al dispendio, a los millones tomados a préstamo y a la ficción galáctica, dobló la rodilla frente a eso otro que también es España, el trabajo duro de quienes con todo en contra no arrugan la espalda, cavan en el barro verdadero que los cubre y nunca le pierden la cara al toro, por amenazadora que sea su cornamenta. No considero necesario decir qué parte de nuestro espíritu creo que nos sobró antes y cuál me parece que necesitamos ahora.
También yo aprendí una lección, no voy a escatimar el reconocimiento. Al recordar, tan vívidamente, por qué era del Aleti, me reencontré con eso noble, hermoso y aleccionador que también tiene el fútbol, que es una pena, desde luego, que haya caído en manos de especuladores y mercachifles, pero que en algún lugar, debajo de la costra de dinero y ladrillo, sigue existiendo.
No creo que vaya a gastar más tiempo en buscarlo del que he venido empleando últimamente, pero fue agradable, por una noche, recobrar la sensación.
Lorenzo SilvaMadrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.
"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka
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