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La Mirilla
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Por L.Silva ma. 08:32

 

Han estado ahí en diversas épocas, pero los cuatro, aunque a primera vista no lo parezca, tienen algo en común.

 



 

Bajo las órdenes de éste se espió a los invitados de una cumbre del G-20. Les pincharon teléfonos, correos electrónicos, y para mayor facilidad les tendieron un wi-fi infiltrado por los servicios secretos. Los invitados-pardillos cayeron en la trampa. Fue más fácil negociar con ellos, presumiblemente, sabiendo lo que se decían.

 


 


A este otro le ha tocado dar explicaciones por lo que hizo el anterior. No ha dado ninguna, ni piensa. Quizá es que mantiene los mismos hábitos. ¿Quizá?

 

 



Éste es bien conocido por un montón de hazañas, pero antes de volverse a casa dejó bien encarrilada una que acabamos de confirmar, después de años intuyéndolo: la exposición potencial de lo que cualquiera de nosotros hacemos en Internet a un ejército de espías y contratistas, cifrado en cientos de miles de personas, que supuestamente vela por la seguridad nacional (de su país, se entiende) y a cuyo escrutinio, legítimo o ilegítimo (a quien no responde de sus actos, pocas cuentas se le pueden pedir), vivimos sometidos.

 



 

Y de éste, qué decir. Que nos la coló a todos, empezando por el comité del Premio Nobel de la Paz. No sólo lleva años ordenando con soltura ejecuciones extrajudiciales que se cometen con aviones no tripulados u operativos de fuerzas especiales que ignoran soberanías ajenas y de los que luego se alardea (cebando así el odio antioccidental de quienes ya son propensos a él), sino que mantuvo intacto el aparato de ciberespionaje montado bajo las órdenes de su predecesor. Quién nos lo iba a decir, que ese rostro simpático y atezado acabaría encarnando, para muchos, el del Big Brother imaginado por Orwell.

 




En fin, lo que los cuatro tienen en común es que ven correcto meterse en nuestras vidas sin el permiso de nadie, desde luego no el nuestro, y tampoco el de quien dimos, al cabo de varios siglos de civilización, en considerar necesario a tales efectos: un juez en el ejercicio de sus funciones. Pero ellos, y sus informáticos, saben más. Por eso han decidido poner el contador del mundo y de la Historia a cero.

 

Un buen correctivo para quienes creían que la tecnología era el nuevo espacio libertario. En realidad, garantiza la libertad del que siempre la tuvo: el más fuerte.


 

Por L.Silva sá. 09:18





He aquí tres profesiones para las que no corren precisamente buenos tiempos. De las tres, porque las tres las ejerció, habla en este libro Leonard Woolf, más conocido como marido de Virginia Woolf, la gran novelista británica del siglo XX, pero por sí mismo un personaje y un formidable escritor. Escribo estas líneas antes de que comience el último fin de semana de la Feria del Libro de Madrid, con el deseo de que a alguien pueda servirle de orientación en sus compras. Es, de largo, el libro más fascinante y mejor escrito que he leído en lo que va de año (en cuanto a la escritura, porque es de justicia al tratarse de la versión española, buena parte del crédito debe concedérsele a su traductor, Miguel Temprano García).




 

Comienza Leonard Woolf refiriéndose, de ahí el título, a la muerte de su esposa Virginia, suicidada mediante el procedimiento de arrojarse al Ouse, que pasaba cerca de Monk’s House, la casita de campo de Sussex a la que se habían retirado para alejarse de los bombardeos de Londres. Al ocuparse de este episodio es tan vívido como estremecedor. Como cuando narra la tarde en que vio venir a Virginia empapada, muy probablemente después de una primera tentativa que no salió adelante. Tampoco tienen desperdicio sus descripciones de los bombarderos alemanes pasando sobre la campiña rumbo a Londres, y a veces irrumpiendo con toda la envergadura de su silueta siniestra en la paz de aquellos parajes para ametrallar un pueblo o soltar allí sus bombas (deduce el autor que se trataba de pilotos cobardes que no se atrevían a exponerse a los fuegos antiaéreos de la capital). Significativo, y casi enternecedor, es el episodio del joven piloto germano de una avioneta Storch que se despista en su viaje a Jersey para llevar el correo, se interna en Sussex y cae abatido cerca de allí. Y es que, por si no lo sabían, algunas de las islas del Canal británicas, esas mismas desde las que ahora algunos eluden al fisco, fueron alemanas por aquellos días. Hay testimonio gráfico:




 

Pero lo que no tiene desperdicio son las reflexiones de Woolf sobre la edición, el periodismo y la política, recogidas en la segunda parte del libro, y que conservan una actualidad asombrosa, en este momento de zozobra para esas tres actividades.

 

Como lo mejor es dejar que un libro hable por sí mismo, para muestra tres botones. El primero, sobre la edición, que cultivó como fundador de Hogarth Press:

 

En mi opinión, hay dos modos de publicar libros. Uno es el negocio a gran escala con una oficina central en el centro de Londres, una plantilla numerosa y considerables gastos generales y financieros que acaban atando de pies y manos al editor hasta que termina vendiendo también su alma: tendrá muchos gastos y necesitará unas ventas cada vez mayores, que a su vez requerirán un catálogo de libros y autores cada vez mayor. En este tipo de negocio, el número de libros publicados depende en gran parte de la cantidad de capital invertida en él, de la cuantía de los gastos y de la escala de las inversiones, pues no es rentable publicar diez libros cuando el negocio y las inversiones están pensados para publicar cien (…). El pequeño editor que decide “expandirse” no cuenta con un catálogo de libros con los que tener el pan garantizado y equilibrar las pérdidas y los gastos, y se ve constantemente acuciado por la necesidad de conseguir más capital. No resulta muy sorprendente que muy pocas de las editoriales pequeñas que deciden expandirse sobrevivan a la expansión.

 




Sobre el periodismo, que ejerció desde Political Quarterly y New Statesman, dice cosas tan jugosas como las siguientes:

 

Ese tipo de habilidades que permiten al periodista, al administrador o al magnate vérselas con media docena de cosas a la vez, igual que el malabarista que tiene seis bolas de billar por el aire al mismo tiempo, resultan muy estimulantes. Pero si se hace durante demasiado tiempo, acaba ejerciendo un curioso efecto en la imaginación. Empiezas a vivir en la superficie de las cosas, en la superficie de la vida y de sus problemas, en la superficie de tu propia imaginación, te vuelves tan hábil, astuto y sagaz que ya no necesitas, ni puedes, pensar; conoces todas las preguntas y por suerte, o por desgracia, todas las respuestas.

 

Pero la acidez autocrítica llega al extremo unas líneas más abajo:

 

El factor primordial de la sobrevaloración alucinatoria de los periódicos y los periodistas es la evidente importancia de los sucesos y asuntos sobre los que tienen que pronunciar juicios ex cathedra a diario, o bien cada semana y siempre de forma anónima, desde la cathedra del sillón del director del periódico. Debido a la curiosa lógica de la historia y las instituciones humanas, se confía al Papa, un célibe que tiene prohibido tener relaciones con mujeres, la tarea de regular íntimamente y con el mayor detalle todo lo relativo al matrimonio de millones de personas normales y a las relaciones sexuales entre maridos y mujeres. No es raro que un hombre a quien se concede el poder de tomar decisiones infalibles respecto de asuntos tan importantes adquiera para millones de personas una importancia enormemente exagerada (…). A veces algo similar ocurre con el director del periódico, con el periódico que dirige y con todos los implicados en el periódico. Creo que todos ellos, incluso la última secretaria de la redacción, sienten que el periódico es importante porque se pronuncia a diario o semanalmente sobre sucesos, personas y políticas de la mayor importancia (…). La competencia del director para pontificar sobre algunos de esos asuntos probablemente no sea mucho mayor que la del anciano caballero célibe de Roma para establecer la ley de las intimidades y complejidades de la copulación y la mecánica de los anticonceptivos. Pero es imposible no creer que uno es importante si se pasa el tiempo dictando leyes sobre cuestiones de importancia.

 




Y, last but not least, la política, a la que Leonard Woolf entregó no pocas horas de su vida como destacado miembro del partido Laborista:

 

Mis sentimientos en lo que se refiere a la justicia comunitaria, la clemencia, la tolerancia y la libertad son tanto éticos como estéticos, y esa combinación es la que otorga a lo que siento por eso que llamo civilización tanto su intensidad como una especie de austeridad. Las imágenes de la civilización y la activación parcial, dubitativa y fluctuante de dichas imágenes en la bárbara historia del hombre, y los ejemplos clásicos en que los individuos lo han arriesgado todo en una lucha por la justicia, la clemencia, la tolerancia y la libertad contra las fuerzas atrincheradas de reyes y emperadores, contra los Estados y las clases dirigentes, los soberanos y las grandes potencias, siempre me han inspirado no sólo una clara intuición de lo que está bien y está mal, sino también la misma emoción que obtengo de manera aún más intensa de una obra de teatro de Sófocles o de Shakespeare, del Partenón o la Acrópolis, de un cuadro de Piero Della Francesca, de una suite para violonchelo de Bach o del último movimiento de la última sonata de Beethoven.

 

Cómo habría sufrido, el propio Leonard, con tan alto concepto, en medio de la política actual, se dirá alguno. Pero también sufrió con la de su tiempo:

 

En 1946, después de veintisiete años de arduo trabajo, dimití de la Comisión Consultiva del Partido Laborista y me regocijó que el secretario del partido me comunicara que la Ejecutiva Nacional había aprobado “por aclamación” una resolución “destacando” su profunda apreciación por mis grandes servicios prestados al partido mediante el trabajo entusiasta y continuado a lo largo de muchos años de profundo desánimo”. Creo que muchos de los que estaban conmigo en la comisión habrían estado de acuerdo en que gran parte de aquel desánimo procedía de la propia Ejecutiva Nacional.

 

 

Humor inglés, till the end. Cuando escribió estas líneas, Leonard Woolf tenía ochenta y ocho años. ¿Nos quedan hombres así? Ojalá.

 

 

Por L.Silva 11 jun. 2013 11:14


Esos son los dos epítetos que al que suscribe le han caído, reciente y públicamente, en compañía de otros once ciudadanos. El dispensador del epíteto, el caballero al que pueden observar en la fotografía a la izquierda de estas líneas: Ignacio Echevarría. El motivo, la respuesta dada por los así aludidos a la pregunta que lanzó recientemente el diario ABC sobre la mejor novela española del siglo XXI. Los supuestos despistados y atolondrados optamos por señalar La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que fue la que finalmente se alzó con el triunfo.

 

Dos precisiones preliminares. Primera: no creo absolutamente nada en este tipo de encuestas, por diversas razones de las que más adelante explicitaré alguna; si uno responde es más por cortesía hacia las personas que promueven el sondeo que por convicción de su utilidad. Segunda: partiendo de lo anterior, ni el asunto ni su glosa tienen demasiada importancia; tan sólo se trata de examinar, y esto puede ser más relevante, cómo suelen despachar sus veredictos los opinadores de la prensa española. En el caso de Echevarría se da además la agravante de reincidencia: ya juzgó anteriormente otra encuesta, permitiéndose ironizar, en aquella ocasión, sobre los escritores que daban los títulos de las obras a veces en la lengua original y a veces en castellano, sin saber (ni haber indagado, claro) que los encuestadores habían reclamado el título en la lengua en que se hubiera leído el libro en cuestión, que unas veces resultaba ser la original y otras su versión castellana.

 




En síntesis, el despiste y atolondramiento de los que votaron por la novela de Vargas Llosa derivarían del hecho de que se trata de una novela firmada por un peruano de nacimiento sobre un tema dominicano (lo que, por lo visto, la desespañoliza irreparablemente, aunque Vargas Llosa tenga pasaporte español y haya residido en España desde los años 60). Todo ello, agravado por la circunstancia de que, habiendo sido publicado en el 2000, el libro se escribió en 1999.

 

Quizá hubiera ayudado a Echevarría a ponderar mejor su juicio sobre el asunto la lectura de la petición concreta que se les hizo a los encuestados. Conservo la que recibí, y para terminar de poner toda la información sobre la mesa, voy a transcribirla:

 

Una encuesta para elegir la mejor novela en lengua española (es decir que valen las dos orillas del Atlántico) desde el año 2000 (aproximadamente, valdría desde finales de los 90) hasta hoy, es decir algo así como la mejor novela en español del siglo XXI.

 

A veces, con la acumulación de tareas, uno hace las cosas deprisa. Pero algunos conservamos el prurito de que esa urgencia no nos lleve a responder al tuntún. Como puede observarse, Vargas Llosa y su novela caben perfectamente en los márgenes de la consulta, por lo que ningún despiste ni atolondramiento cabe imputar a quienes lo eligieron. Despistada y atolondrada es, en cambio, la opinión del severo censor Echevarría, que, como tantos en esta piel de toro, despacha sus calificativos sin tener la información pertinente al caso. Una información que es muy fácil de obtener, por cierto. No tenía más que haberse dirigido a cualquiera de los que respondieron la encuesta, y a los que no tiene problema para acceder. Desde luego, no al que suscribe, que le habría atendido gustosamente.

 

Otra cuestión será que a Echevarría le guste más o menos Vargas Llosa, o que tenga otros candidatos como Bolaño (sobre cuya españolidad estaría dispuesto a comprarle el argumento, aunque vino más tarde que Vargas Llosa a España, por lo que no se entiende que a éste le dispute la condición). O como Ferrer Lerín, al que también muy a la ligera presume que los encuestados desconocemos. No puedo hablar por otros, pero en mi caso lo conozco y aprecio, tanto personalmente como en sus obras, que además defendí en cierta ocasión en un jurado de un premio al que fue candidato. Otra cosa es que me parezca mejor novelista que Vargas Llosa; como otros muchos, me temo, no me atrevería a sustentar esa afirmación. Tampoco respecto de Bolaño; a partir de un nivel de calidad que a ninguno de los mencionados puede disputarse, cada cual tiene sus gustos y preferencias.

 

Por mi parte, descreo de las restricciones con que se plantean estas encuestas, comenzando por la de señalar una ganadora absoluta sin haber podido leerlo todo. También me habría gustado que en ésta no se redujera el campo a la novela, y que cupiera cualquier tipo de narrativa. Creo que no habría votado por la novela de Vargas Llosa (que, pareciéndome excelente, no creo que sea la mejor de las suyas) sino por un libro de cuentos de un autor, éste sí, indiscutiblemente español.

 

En fin, sirva el caso como ejercicio ilustrativo. Y tentémonos mejor la ropa todos los que opinamos, y este blog no es una excepción, antes de juzgar, y escribir, que es despiste y atolondramiento ajeno el despiste y atolondramiento propio.

 

Por L.Silva 7 jun. 2013 14:01

Ayer le escuché decir en privado a un relevante político, y lo decía con amargura y con su innegable dosis de razón, que es infundada la imagen extendida entre la ciudadanía de que todos los políticos son corruptos y sólo piensan en barrer para su casa en lugar de velar por aquello para lo que se les coloca ahí, el bien común. Argumentaba que esa imagen era injusta para con la gran y silenciosa mayoría de políticos que asumen un significativo sacrificio personal, sufren un desgaste nada desdeñable en el ejercicio del cargo y se vuelven a casa sin más beneficio que lo que ahorraron de su sueldo.




 

Como digo, el discurso me parece fundamentado y convincente; no soy de los que se suman a la orgía del linchamiento de tal o cual grupo de personas porque sea fácil y/o esté más o menos de moda. Ni siquiera tratándose de los políticos españoles, que con el cúmulo de torpezas, desatinos y mugre que han acertado a juntar, se han convertido en la pieza más fácil de batir y la más socorrida para desahogar las iras colectivas.


Ahora bien, el problema no es tanto que sean los ciudadanos reacios a reconocer el esfuerzo y la dignidad de los políticos honrados. El problema es el mensaje que lanzan los propios partidos (todos, sin excepción, o al menos todos los que han tocado algo de poder y presupuesto) cuando uno de los suyos resulta señalado por la imputación de un delito relacionado con algo tan delicado como la corrupción. Cierto es que las imputaciones no se convierten necesariamente en condenas, pero resulta decepcionante, deprimente y abona el descrédito de todo el colectivo esa estrategia de diferir hasta el último momento posible, con la invariable y perturbadora aquiescencia del aparato del partido de turno, la asunción de responsabilidades: de entrada, las políticas, que se contraen, guste o no, y por riguroso que pueda parecer, por el solo hecho de haberse conducido en el ejercicio del poder de modo que quepa una imputación judicial, ya llegue o no a puerto la acusación. Y a quien diga que esto es exigir duros estándares éticos a los políticos y a los partidos a los que sirven, habrá que responderles que naturalmente, que de ellos no puede pedirse ni esperarse menos.

 




Todo lo contrario del espectáculo que está dando José Blanco (con el respaldo de su partido, que debería haberle conminado hace mucho tiempo a la entrega del acta de diputado), atrincherándose en la inmunidad parlamentaria hasta la petición del suplicatorio. Si es culpable, porque es un uso indigno de esa inmunidad. Y si es inocente, porque más vale defenderse sin arrojar sospechas sobre el Parlamento que valerse de esa ventaja procesal para un interés particular que se antepone claramente al común. No es para eso para lo que se elige y se les paga un sueldo a los miembros del Congreso de los Diputados.

 

Así no, señor Blanco. Así no, dirigentes del PSOE y de todos los demás que se comportan de forma análoga en casos parecidos. Así no van a lograr que luzca la honradez de los políticos dignos y esforzados, eclipsada por estos borrones, y no van a cesar de transmitirle a la ciudadanía la sensación de que lo último en lo que piensan es en rendirle cuentas.

 

 

Por L.Silva 4 jun. 2013 09:01


Las cifras del desempleo del mes de mayo les han dado a Rajoy y a su inefable ministra de Empleo la primera alegría verdadera de que pueden hacer gala en dieciocho meses de gobierno. Nada menos que un descenso de 98.265 entre los inscritos entre los demandantes de empleo en las oficinas públicas. La afiliación de la Seguridad Social crece en 134.660 nuevos trabajadores.





Como es bien sabido, los datos de mayo representan una anomalía estacional, y año a año, incluso en los más nefastos, se ven influidos por la cifra de las contrataciones para hacer frente a la campaña veraniega en el sector servicios, singularmente la hostelería, y también en la agricultura. Estos dos sectores, por otra parte, concentran el grueso de la creación de empleo neta registrada en este mayo de 2013. Un empleo que en buena medida volverá a desaparecer en otoño, pero tampoco puede desdeñarse el dato. Desde 2005 no se registraba un mayo tan bueno. En la terminología gubernamental, lo que parece confirmado, estacionalidad aparte, es que sigue “desacelerándose la destrucción” de empleo. Además, la construcción ha creado casi 20.000 empleos. Una cifra algo más que respetable.

 

Veremos seguramente en los próximos días (ya lo vimos incluso en los previos) un alarde triunfalista por parte de unas huestes gubernamentales muy necesitadas de sacar pecho. “Ya veis que vamos por el buen camino, que sí sabíamos lo que había que hacer y lo estamos haciendo”, será más o menos el resumen. Les resultará terapéutico, ante una ciudadanía cada vez más desconectada de ellos (como de todos los partidos políticos, sin excepción alguna) y ante la evolución poco halagüeña del asuntillo Bárcenas en la Audiencia Nacional, donde se confirma la descalificación del PP como acusación particular ante la cada vez más plausible hipótesis de tener que acabar pechando como responsable civil (en el mejor de los casos) de los desmanes de su curtido y hasta hace poco blindado ex tesorero.

 



No puede negarse que algún efecto parecen estar surtiendo las políticas adoptadas, aunque sólo sea porque las sucesivas reformas laborales han depauperado tanto, en lo económico y en lo jurídico, la posición de los nuevos trabajadores, que los empresarios que sobreviven tienen menos miedo a contratarlos. La cuestión es si podemos aspirar a una creación de empleo de verdad, una que vaya más allá de las campañas de verano y que subsista y se sostenga en el tiempo, sin cambios realmente revolucionarios en nuestra estructura productiva, financiera y de relaciones laborales, en vez de estas amputaciones basadas en una deprimente teoría de la escasez que aparte de estas alegrías efímeras no nos deparan otra cosa que melancolía.

 

Unos bancos que siguen especulando con el dinero que se les entrega invirtiéndolo en deuda pública en vez de hacer fluir el crédito, un consumo deprimido hasta extremos insospechados por una gestión de la cosa pública cicatera y rutinaria y sin el menor empuje para crear ilusión en la ciudadanía, una formación en ruinas, una innovación reducida a la nada, un anémico tejido emprendedor condenado a la economía sumergida… Con estos mimbres, el cesto no puede dar mucho de sí.

 

Singularmente llamativo es lo que sucede con el autoempleo, que ante la debilidad sin precedentes de nuestra estructura empresarial es, no nos engañemos, el único horizonte verosímil que se abre ante millones de personas. Urge, más allá de esa ley de emprendedores anunciada (que no aprobada todavía) un impulso decidido a las condiciones para que esas personas encuentren camino, en lugar de la carrera de obstáculos que actualmente se les opone. Sin ir más lejos, toda la burocracia y todas las cargas administrativas y fiscales que soportan los autónomos, y que de hecho están propiciando su ennegrecimiento progresivo, como señalaba en estos días el secretario general de la organización que los representa, Lorenzo Amor.




Apenas se vende y menos aún se cobra, pero hay que ingresar un 21 por ciento de IVA. Lo que la actividad independiente da en muchos casos apenas sitúa por encima del umbral de subsistencia, pero hay que hacer frente a una parafernalia administrativa para la que la mayoría de la gente necesita un asesoramiento profesional que no es gratuito. El que hoy se afilie al régimen de autónomos probablemente no cobrará jamás una pensión y dispone de una asistencia sanitaria pública en continua rebaja (que por lo demás tiene exactamente igual constando como parado), pero la cuota mínima que la Seguridad Social le pide para regularizarse le puede suponer el cincuenta por ciento de los ingresos…

 

Resultado: el grueso trabaja en negro. Devuélvase este sector de la economía y del mercado laboral a unas condiciones coherentes con la situación, y a lo mejor nos encontramos con descensos del paro que no son estacionales, y con que el motor gripado de este país empieza, muy poco a poco, a ronronear de nuevo.

 
  • Lorenzo SilvaLorenzo Silva

    Madrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.

Sobre el blog

"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka

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