Tendemos a considerar el hecho de perdernos como un accidente aciago. En cierto sentido, no cabe duda de que lo es: cuando nos perdemos, a menudo eso implica que llegaremos tarde al lugar al que íbamos; si el escenario es desconocido, puede comportar una dosis de nerviosismo o desasosiego; y en casos extremos puede incluso llegar a convertirse en un percance fatal. Sin embargo, hay otra forma de enfrentarse al hecho de perderse. Con una actitud que quizá no podamos permitirnos a menudo (con la vida que llevamos, casi todos vamos siempre más apurados de la cuenta) pero que, si se dan las circunstancias favorables, bien puede llevarnos a experimentar el perdernos como un regalo inesperado.

Ayer me perdí en Praga. Al llegar al aeropuerto saqué un billete para el autobús que lleva directo al centro, pero a la hora de tomarlo me metí en otro que paraba justo al lado. En mi descargo, padecía a la sazón de una rinitis apocalíptica (tal vez alergia, tal vez un resfriado como consecuencia de los bruscos cambios de tiempo de este mayo) que me tenía lo bastante aturdido como para discernir apenas una parte mínima de la realidad que me rodeaba (y para mayor incomodidad, había agotado mis pañuelos de papel).
El caso es que el autobús me dejó en Dejvická, bastante lejos de la plaza de la República, a donde me dirigía. La cara de tonto que se me quedó cuando bajaron todos los pasajeros en ese barrio, notoriamente periférico, fue de las que hacen época.
Por suerte, y por excepción, ayer no tenía prisa. Disponía de toda la tarde para escribir un artículo y repasar mis notas sobre los candidatos al Premio Internacional Franz Kafka, del que en calidad de jurado acudía a la ciudad. Otra suerte es que Praga está edificada en torno a un río, el Moldava, y que el centro histórico se halla justo a su orilla. Para llegar a él no hay más que buscar la pendiente hacia abajo, que inexorablemente conduce al curso fluvial.

Así que eché a andar, remolcando mi pequeña maleta. No hube de caminar demasiado (cosa de veinte minutos) antes de encontrar el primer lugar que recordaba de otras visitas: justamente el parque Chotkov, al que no había podido acercarme la última vez que estuve en Praga, y que traía en mente como la única visita obligada en esta ocasión, en que mi estancia iba a ser bastante corta. Casi lo experimenté como una señal: merced a mi torpeza, he aquí que llegaba al centro de Praga justo por el lugar al que tenía pensado acudir esa misma tarde. Gracias a mi extravío, ya no iba a hacer falta, y podía ver el parque, quizá uno de los más bellos de Praga, bajo la luz de un mediodía realmente esplendoroso.
Las fotos que ilustran esta entrada lo atestiguan. Y no es una excepción la que le saqué a su monumento más conocido, el Belvedere, antiguo palacete imperial:

¿Por qué quería ir hasta el parque Chotkov, y por qué me permito dedicarle esta entrada del blog? Porque era el lugar favorito de Franz Kafka, al que solía acercarse para contemplar, tendida a sus pies, la ciudad que odiaba y amaba a un tiempo, de la que escribió siempre, de la que siempre quiso salir y al final se marchó, aunque trajeron de vuelta su cuerpo para enterrarlo y su efigie se convirtió en el emblema más recurrente de una urbe que hoy es pasto de turistas. Así es como se ve Praga, desde las alturas del parque Chotkov:

Y éstas son las praderas en las que Kafka pudo sentarse alguna vez, aunque cuando salía era más de caminar que de quedarse quieto:

Por lo demás, Praga, con turistas y todo, sigue siendo la capital más hermosa y de cielo más diáfano de Europa. Quizá habría que pensar en ella como capital alternativa, algo así como la capital europea del alma (frente a Frankfurt, capital del dinero; Bruselas, capital de los administradores y administrativos; y Berlín, capital de… bueno, de Ella).
No sé a quienes puedan leer esto, pero a mí me consuela pensar que un hombre tan frágil y limpio como Kafka, desde una ciudad tan furtiva como Praga, fue capaz de alzar la obra literaria más inmensa del siglo XX europeo. Viene a ser, como dijera su traductora y amante Milena Jesenská, el triunfo de los débiles sobre los poderosos, un triunfo que se alcanza avergonzándolos de su poder con la sola fuerza del talento.
En otro orden de cosas, la deliberación del jurado del premio ha sido tan interesante como cabía esperar, aunque como es de rigor no puedo contar nada, y ha arrojado un resultado justo (pese a que no fuera mi candidato). No lo puedo hacer público hasta que no lo difunda la organizadora del premio, la Sociedad Franz Kafka de Praga, y a la hora de cerrar esta entrada veo que aún no han emitido la nota de prensa, así que dejo ahí el suspense.
Como curiosidad, de la que me he dado cuenta esta mañana (ayer estaba demasiado congestionado), me alojaron, imagino que no por casualidad, en el hotel que antaño era el Instituto de Seguros de Accidentes del Trabajo del Reino de Bohemia, donde trabajó Kafka durante largos años como asesor jurídico:

Y aquí, a quince metros de mi habitación, estaba su oficina:

Toda una sensación, recorrer estos pasillos y pensar que hace cien años caminaba por ellos el escritor que abrió para la literatura un nuevo territorio, tan vasto y sobrecogedor como inexplorado hasta entonces.

Como siempre que voy a Praga, he comprado un libro sobre Kafka. En esta ocasión ha caído éste, un dietario con citas escogidas:

Y me he encontrado esta perla, con la que cierro:
Es gibt nichts Schöneres als so ein Handwerk. Intelektuelle Arbeit reißt den Menschen aus der menschlichen Gesellschaft. Das Handwerk dagegen führt ihn zu den Menschen.
Que más o menos significa:
No hay nada más hermoso que una tarea manual. El trabajo intelectual arranca a las personas de la sociedad humana. El trabajo manual, por el contrario, lo conduce a uno hacia las personas.
Hubo un tiempo, casi no me acordaba, en que como a todos los chavales me gustaba el fútbol. Lo seguía, lo jugaba en los recreos y en el barrio, incluso llegué a estar, muy brevemente, federado como infantil. Jugaba de defensa, que ya es vocación. Tampoco se me daba muy bien, pero vaya, lo disfrutaba.
Todo eso se acabó con la enajenación en bloque de los derechos televisivos, aquella astutísima y muy lucrativa operación que en tiempos de crisis balompédica tripuló una empresa llamada Dorna (de la que nadie se acuerda hoy, pero que por un azar de la vida estaba en el mismo edificio en el que a la sazón yo trabajaba, la luego incendiada torre Windsor). A partir de ahí vino la multiplicación del tiempo de telediarios dedicado al fútbol (la tele tenía los derechos, la tele nos bombardeaba con el asunto para hacerlo más rentable). Preparado así el terreno, el estallido del negocio publicitario, urbanístico y de toda índole vinculado al juego de la pelotita pateada creó el monstruo voraz, el anestésico de mentes y conciencias y el inmenso vaciadero de euros y energías que es el fútbol hoy. Y dejé de sentir que eso tuviera algo que ver conmigo.

Pero anoche recordé de pronto esos tiempos más sencillos y genuinos de mi niñez. Y recordé, también, por qué entonces, con todos los equipos que había, y con todos los que había en mi ciudad (nada menos que tres), yo era del Aleti.
Confieso (cáigame el reproche que me corresponda) que nunca veo fútbol: desde hace años esas dos horas de cada partido del siglo las utilizo para ir al cine, cenar fuera o simplemente darme el gusto de pasear por una ciudad desierta. Incluso me irrita que me cambien de fecha un acto cultural porque hay partido de la Champions. Insisto en mantenerlo y siempre viene alguien; normalmente, quien más te interesa que venga.
Anoche, sin embargo, vi el partido. Tengo en casa a un madridista, y estaba deseoso de ver a su equipo llevarse a la boca el único hueso que le quedaba esta temporada. Como todos los madridistas (recordé, una vez más, por qué yo era del Aleti), el mío encaraba el encuentro con esa arrogancia de quien se cree superior, frente a unos desharrapados como los colchoneros, eternos sufridores, gladiadores sin estilo ni glamour (comparados con la legión de modelos de Armani que alinea Mourinho). Como le conozco, y pese al tiempo transcurrido sigo conociendo al Aleti (y a los atléticos, aullando anoche como un solo hombre, sin miedo ni vergüenza, en el templo enemigo), le sugerí que no cantara victoria antes de cazar el oso. Le advertí que el Aleti en estas ocasiones es un rival chungo, cargado de convicción: esa convicción de que ante nada hay que arredrarse que da la costumbre de recibir y el haber hecho ya callo en el alma y el corazón con los golpes y los reveses sufridos.

El partido siguió el guión que yo intuía. Un Madrid ensoberbecido (un poco más), merced al gol tempranero de su estrella, se estrelló contra el muro de hoplitas atlético, que cuando su portero estaba batido aún tenía seis pies de defensas para repeler cualquier agresión. Eso, y no los palos, liquidó al Madrid. Conviene recordar que en el fútbol lo que puntúa es meter la pelota dentro, y que una falta estrellada en el palo es una falta mal tirada, o bien defendida, o las dos cosas a la vez.
Controlado el peligro atrás, sólo falta tener algún zapador capaz de dinamitar las defensas contrarias. Y el Aleti, por lo menos cuando es de veras el Aleti y se ordena y provee su plantilla con arreglo a sus principios, siempre cuenta con alguno. Temían a Falcao (un jugador esteta, aspirante inmediato a estar en cualquier otro equipo) pero el Aleti es esos otros dos, Diego Costa y Miranda, que no servirán para una campaña de Massimo Dutti, pero que a golpe de pico y pala y cizallas se abrieron paso entre las alambradas para ejecutar con dos golazos sumarísimos (venga alguien a discutirlo) al envanecido gigante blanco.

En fin, un triunfo justo, sintiera lo que sintiera mi madridista, que anoche aprendió una lección: que no hay enemigo pequeño, que nadie puede despreciar a nadie y que los grandes ejércitos de muchos pertrechos y muchos bagajes deben cuidarse de los combatientes que nada tienen que cargar ni que perder.
Y otra lección, si convertimos esa final de la Copa sin pitos al himno en metáfora del país al que éste representa: la España que apostó todo al gigantismo, al alarde, al dispendio, a los millones tomados a préstamo y a la ficción galáctica, dobló la rodilla frente a eso otro que también es España, el trabajo duro de quienes con todo en contra no arrugan la espalda, cavan en el barro verdadero que los cubre y nunca le pierden la cara al toro, por amenazadora que sea su cornamenta. No considero necesario decir qué parte de nuestro espíritu creo que nos sobró antes y cuál me parece que necesitamos ahora.
También yo aprendí una lección, no voy a escatimar el reconocimiento. Al recordar, tan vívidamente, por qué era del Aleti, me reencontré con eso noble, hermoso y aleccionador que también tiene el fútbol, que es una pena, desde luego, que haya caído en manos de especuladores y mercachifles, pero que en algún lugar, debajo de la costra de dinero y ladrillo, sigue existiendo.
No creo que vaya a gastar más tiempo en buscarlo del que he venido empleando últimamente, pero fue agradable, por una noche, recobrar la sensación.
Pasar tres días de primavera en Italia es un regalo que hay que empezar agradeciendo como se merece. Los días y en este caso también la atención, que debo a los responsables del equipo del Instituto Cervantes de Milán, Arturo Lorenzo y Carmen Canillas, al profesor Dante Liano, de la Universidad Católica de Milán, y a los profesores Luis Luque y María José Baena, del centro de traducción e interpretación de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia con sede en Treviso.
Por su mediación he tenido la ocasión de hablar con algunos centenares de estudiantes y lectores italianos, un intercambio muy enriquecedor (como lo son todos los que uno tiene con seres humanos con inquietudes). También con mis editores italianos de Guanda, que acaba de sacar la traducción de El lejano país de los estanques (allí titulada Una donna sospesa) y que el año próximo publicará La marca del meridiano, siempre en traducción de la muy diestra Roberta Bovaia.
Al paso he aprovechado para recoger alguna que otra estampa que me servirá para darle belleza a esta entrada, y también algunas impresiones sobre el momento actual de Italia que, como guía y referencia para esos navegantes mediterráneos en apuros que también somos los españoles, me he permitido anotar y me permito recoger aquí, apelando a la indulgencia de quienes esto leen.
Lo primero es constatar la asombrosa insumergibilidad de Berlusconi, un político condenado ya a cuatro años de prisión, y con una petición de otros seis años por prostitución de menores (en el famoso caso Ruby), y que no sólo sigue ahí, sino que se ha convertido, tras la lamentable actuación poselectoral del partido centroizquierdista PDI, en el árbitro del nuevo gobierno italiano. No contento con haber colocado a uno de sus abogados como ministro del Interior (¿para controlar a los policías que investigan sus asuntos turbios?), en su última ceremonia multitudinaria de desagravio, donde se vino a despotricar contra los jueces como seres abyectos y demoníacos empeñados en perseguirlo, ahí estaba el señor ministro, al frente de la manifestación. Cosas de no creerse, pero que se han de creer. Porque la izquierda italiana ha de tragar ese y sapos peores, ante unos sondeos que pronostican, para el caso de que el statu quo logrado se viniera abajo, su derrota y el probable regreso victorioso de Il Cavaliere. Un artista.

El héroe civil del momento en Italia es el octogenario presidente de la República, Giorgio Napolitano, que se ha visto renovado en su cargo (contra su voluntad, dicen) por un plazo que lo proyecta al frente del estado hasta la mitad de su décima década. Il Re Giorgio, lo llaman, en vista de que es el único responsable público respetado por todos y de la duración que puede llegar a alcanzar su reinado. Viendo a ese discreto y modesto anciano encaramado, sin discusión, a la más alta magistratura del estado italiano, uno se pregunta sobre la validez, en comparación, de esos sistemas donde sus homólogos, que demandan para su mantenimiento muchos más recursos, no gozan ni de lejos de su respaldo.
Sí, una vez más se trata, entre otras cosas, de la dicotomía entre el sistema monárquico y el republicano, en su dimensión qué-nos-sale-más-barato-y-resulta-mejor. Lo siento por los lectores de este blog a los que les ofende que (al amparo de nuestra monárquica constitución vigente, por cierto) uno profese ideas republicanas. Pero es que la realidad nos lo pone una y otra vez a huevo.
Por lo demás, y aun con la crisis que también la asedia, se notan mejoras en Milán, comparando con la que era hace cuatro años. La ciudad más limpia, vías más cuidadas, carriles-bici. La clave: un nuevo alcalde, desvinculado de las servidumbres y complicidades de las administraciones anteriores. Y es que, de vez en cuando, en las ciudades es bueno abrir las ventanas y que entre el aire.
Italia, por encima de todo, sigue siendo igual de hermosa. Los del Norte no hacen más que afearnos, a los meridionales y mediterráneos, nuestros muchos defectos, que este que suscribe admite y detesta, y desearía que superáramos de una maldita vez, imitándoles en alguna de las muchas cosas en que merecen ser imitados. Pero ah, ellos no supieron hacer el Duomo de Milán, en la foto más arriba de estas líneas, ni tienen rincones como éste:

No es Venecia, por si alguien se precipitó a adivinar. Sino la pequeña y bella Treviso, la patria chica de Benetton, pero antes de eso, en los siglos XV y XVI, un importante centro editorial. Está llena de tesoros. Además del Palazzo dei Signori, que abre esta entrada, merece destacarse, por ejemplo, el canal principal:

O la sirena junto al mercado de pescado, en una isla entre canales:

O la Fontana delle Tette, de la que en tiempos, cuando llegaban las fiestas del Dogo de Venecia (a la que pertenecía Treviso), manaba vino tinto por un pitorro y vino blanco por el otro. Un servicio público muy estimable y estimado:

O los frescos de los siglos XII y XiV de las iglesias contiguas de Santa Lucía y San Vito. He aquí una:

Y aquí la otra:

O los mosaicos romanos junto a la catedral, con el que probablemente sea el retrato más antiguo de una trevisana de que se tiene noticia:

O por último, también al costado de la catedral, esta Pietà:

Y es que semejante patrimonio, por muchas veces que uno haya ido a Italia y por más que trate de relativizar el síndrome de Stendhal, no deja de apabullar. Un simple viaje de tren Milán-Venecia (pasando por Brescia, Vicenza y Padua, entre otras) es un deleite para los sentidos, ya desde la monumental y marmórea estación ferroviaria milanesa (un legado de Mussolini, pero lo cortés no quita lo valiente, ni lo fascista lo fastuoso):

Todo un placer contemplar al atardecer desde la ventanilla del tren los paisajes de Lombardía y el Véneto, escuchando los Fleurs (1, 2 y 3) de Franco Battiato. Luego vino alguna otra estampa menos edificante, como la ristra de mujeres que jalonaban la carretera que lleva de Venecia-Mestre a Treviso: varias decenas de presumibles esclavas explotadas junto a las suntuosas villas de esa rica zona del Véneto. En fin, eso es la globalización. Lo que nos da de comer y consumir a todos, y de sufrir a tantos. Viene a colación una frase de Época de emociones, irónica (desde el mismo título) e inclasificable novela de Arturo Lorenzo (el mismo que dirige el Cervantes de Milán, y antes dirigió otros, en Europa y África):
Una vez rota la ilusión del amor también se rompe el amor y sólo queda su derrota que, a día de hoy, se llama dinero.
Pero dejaremos esa triste música para otro día. Para que la belleza no decaiga, que termine Battiato, con una canción que viene a representar todo lo contrario, en un escenario que quien lo conozca sabrá apreciar, el teatro griego de Segesta, en Sicilia.
Postdata: Durante un alto en el camino en Milán me acordé del maestro Sampedro, al que se homenajeaba en este mismo lugar hace algunas semanas. En su honor, pedí lo mismo que pidió él antes de hacer el último viaje, un Campari con hielo. Si vais a Milán, recomiendo el lugar, es el que muestra el letrero de abajo, junto a la indicación de su localización.

Hace unos días se estrenó en Madrid Google and the World Brain, un interesante documental sobre el fallido proyecto de Biblioteca Universal alentado por Google. Fallido, conviene recordar, porque el gigante informático se había servido digitalizar, con igual soltura, aquellos libros que estaban en el dominio público y los que todavía conservaban derechos, con la mala pata de que muchos de los autores de estos últimos vivían en (e invocaron la protección de) países que siguen respetando la propiedad intelectual: comenzando por los propios Estados Unidos de América y siguiendo por otras naciones notoriamente atrasadas como Gran Bretaña, Francia o Alemania.

La tesis del documental, provocadora, viene a ser la de plantear en qué medida Google, con esa política de hechos consumados, no vino en definitiva a actuar como gran pirata global y como referente para todos los demás piratas que después han venido a apropiarse del patrimonio generado al amparo del invento de Gutenberg. Hay un matiz: en honor a la verdad, y aunque para allanar el terreno recurriera a prácticas unilaterales y cuestionables, Google persiguió un acuerdo por vías legales con los titulares de los derechos y, no habiéndolo alcanzado, ha dejado el proyecto a medio desarrollar. También cabe preguntarse, desde luego, si las autoridades de su país de residencia le habrían permitido otra cosa.
Pero hay otra vertiente de la relación de Google con la piratería, y es su carácter de primera herramienta auxiliar, al menos en países como España, para localizar, acceder y eventualmente descargar contenidos que infringen el copyright, en beneficio (vía generación de tráfico, publicidad, popularidad o imagen de marca) de quienes no ostentan la titularidad legítima de los derechos cuyo aprovechamiento se arrogan.
Un experimento sencillo es escribir, en Google.es, el nombre de un escritor. Verbigracia:

Es Google, a través de su algoritmo predictivo, el que ya le sugiere al usuario como primera opción escribir la palabra clave epub, justo a continuación del nombre del autor de marras. Alguno responderá que ese algoritmo está vinculado a lo que la gente busca, y tiene razón. Pero no del todo. Google modula su algoritmo para que no prevalezcan resultados que con arreglo a ese solo criterio prevalecerían y que de hecho no aparecen sistemáticamente en cabeza: como la pornografía o, cuando se presentó el dilema, los resultados que molestaban al gobierno de países en los que a Google le interesaba seguir operando. ¿Y qué se obtiene si uno sigue la recomendación del buscador? Pues, sencillamente, esto:

Los tres primeros resultados, y las varias decenas inmediatamente posteriores, son lo que muestra la imagen: sitios web desde los que descargarse el contenido sin remunerar a su legítimo autor y titular; y regalando tráfico y reputación a quien simplemente, y sin ningún título legal habilitante, ha decidido apropiarse de su acceso (sí, ya sabemos que no alojan los archivos, pero sí la llave para descargarlos, lo que al final tanto da).
Hay que avanzar muchas páginas para empezar a encontrar, como resultado de Google.es, alguno de los muchos sitios web donde los epub del escritor en cuestión se despachan legalmente y con respeto y retribución de sus derechos. Que me perdonen, pero sabiendo como sabemos, por la experiencia de otros casos, que esto es perfectamente modulable por medios técnicos, cuesta mucho creer que tales resultados sean completamente inocentes. Y el hecho, incontestable, es el arriba anticipado: quien quiera acceder a un contenido sujeto a derechos de autor, ilegítimamente reproducido, tiene en España, como principal y eficaz (por sencillísima) herramienta para ese propósito, el motor de búsqueda Google.es.
En fin, que ya sabemos que luego retiran el enlace si se denuncia, pero uno no deja de preguntarse por qué se impone al titular de derechos de propiedad intelectual lo que no se les impone a otros titulares de derechos patrimoniales. Por ejemplo: no necesito ir todo el rato gritando por la calle que mi coche es mío y que no lo presto para que nadie se sienta autorizado a sentarse dentro, hacerle un puente y llevárselo.
Bien, sólo son reflexiones para completar este cuadro, que temo que nos acompañará durante mucho tiempo, ante la falta de sensibilidad social, la escasa voluntad política y la menguada imaginación de la industria para empezar a construir otro relato.
Llegados aquí, alguien, estoy seguro, me dirá que la solución es dejarse de esta antigualla del copyright, poner precios baratos a los ebooks y no dar más la lata. Ojalá fuera tan sencillo; me temo que no lo es y tengo alguna prueba. La siguiente:

Este libro pirateado por el buen Emegedos, de Valencia, y disponible gracias a sus desvelos "gratis completo full", se puede adquirir a 3,79 euros, como bien puede comprobarse aquí. No me parece un precio disuasorio, ni que aboque a la copia no autorizada.
Y es que con el precio cero (asentado en la percepción cero del valor de la creación) no hay ninguno que pueda competir. Bueno, sí: podríamos contemplar que el autor empiece a pagar al que se sirva aprovecharse y disfrutar de su obra. Por hacerle caso, vaya.


Lorenzo SilvaMadrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.
"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka
- @Hienatejada Más quisiera, estoy ya de vuelta en Carpetovetonia
- @RemeiLibrarian Gracias, Remei, todo un honor
- @twdericardo O sea, en escarabajo... Abrazo












