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La Mirilla
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Por L.Silva mi. 07:55


Me van a permitir, quienes leen este blog, que hable sin medias tintas. El tiempo de las medias tintas pasó hace mucho, estamos donde estamos y dentro de poco no estaremos en ningún sitio. La venta de libros en España ha caído más de un 40%, una reducción del mercado que es insoportable para cualquier sector industrial y que ha abocado al cierre de librerías, imprentas, editoriales y despidos, eres y otros ajustes en las plantillas de los que sobreviven. Lo grave es que eso no procede de un cambio tecnológico, como sostienen muchos (los libros, o las películas, siguen siendo lo mismo que antes, esencialmente, con sus mismos costes de producción y el mismo resultado final, sólo se ha alterado alguno de sus soportes, con modificación sólo de los costes a ellos aparejados), sino de que ese cambio tecnológico, en nuestro país, se ha gestionado de un modo particular, o mejor dicho no se ha gestionado de ningún modo, lo que ha llevado a que los derechos legítimos incorporados en los contenidos culturales se desprecien. No pasa lo mismo en otros países de nuestro entorno, donde con crisis y todo el mercado del libro (sumando analógico y digital) ha crecido.




 

Hoy, 23 de abril, es el día internacional del libro pero también de los derechos de autor, cosa que muchos prefieren ignorar en esta celebración como los ignoran los otros 364 días del año. Bien, cada cual es libre de respetar lo que quiera y mientras las leyes no le sancionen, y aquí las leyes no parecen estar por esa labor, no tendrá para él consecuencias directas a corto plazo. Pero si todo el mundo desprecia la propiedad intelectual, si todo el mundo decide que en vez de comprar algún libro de vez en cuando, en la medida de sus posibilidades, abastecerá toda su demanda por canales que no retribuyen a quienes hacen los libros, habrá consecuencias a largo plazo para todos. Ya está empezando a haberlas: cada vez hay menos y peores libros para copiar. Cada vez habrá menos y peores sitios para encontrarlos, y las condiciones de vida de sus trabajadores serán también peores. Es paradójico, como señalaba hace unos días Juan Soto Ivars, que apoyen el boicot a una librería a la que no salen los números por la caída de las ventas, y cuyos trabajadores, como tantos otros de este país, tienen condiciones indignas de trabajo, los mismos que defienden la piratería que se ha comido, injustamente, la facturación de esa misma librería, y de tantas otras.

 

Esto no es un reproche, sino una llamada a aquellos que aprecian o dicen apreciar los libros, comenzando por las administraciones públicas. Empiezo por éstas, porque son las que, con crisis o sin ella, deberían garantizar, a través de una política bibliotecaria consistente y decidida, incluida la formación de la biblioteca pública digital (y no congelando o eliminando presupuestos de bibliotecas, que es en lo que están) el acceso a la cultura escrita de esos muchos que hoy no tienen recursos y cuyo abastecimiento de lectura es la coartada tramposa que exhiben los piratas y sus defensores. Las necesidades públicas se cubren con medios públicos, no dejando que unos particulares expolien a otros, en su propio beneficio, para abastecer conforme a sus peculiares intereses esas necesidades públicas.

 




Y continúo, y termino, por los lectores. Si de veras amamos los libros, hemos de apostar por ellos y cuidarlos. Ya estamos perdiendo bibliodiversidad. Ya hay libros que no merece la pena producir, o traducir, o hacer que existan cualquiera que sea el esfuerzo necesario para ello: quienes los hacían, perdiendo dinero, han consumido sus reservas, han despedido a su plantilla y ya no los harán más. Aquello que no se quiere, con hechos y no sólo buenas razones, se acaba perdiendo. Es así en todos los órdenes de la vida. El libro no es una excepción.

 

Las bibliotecas de Castilla-La Mancha me pidieron que escribiera un manifiesto para este día. Está aquí, contiene estas ideas y alguna otra. Lectores, salvad el libro. Es vuestro, no esperéis que quienes no lo aman lo salven por vosotros.

 

Por L.Silva sá. 11:17




Gabriel García Márquez puede presumir, dondequiera que esté, de haber sido un hombre afortunado. Lo fue al ser distinguido por la naturaleza con un talento fuera de lo común para el lenguaje y la narración. Lo fue, también, al encontrar por el camino, sólo él sabría cómo, la sabiduría suficiente como para replicar, al periodista que le preguntó cuando le concedieron el Premio Nobel si ése era el día más importante de su vida, que no, que con mucho el día más importante de su vida había sido el de su nacimiento.

 

Pero sobre todo, Gabriel García Márquez fue afortunado en la recepción que hallaron sus libros, traducidos a decenas de idiomas y, lo que es más importante, leídos por millones de personas en todo el mundo. No sólo obtuvo el codiciado galardón sueco a una edad bastante temprana, 55 años, sino que se convirtió, sin renunciar a la exigencia literaria, en un escritor realmente popular. Uno de esos de los que incluso aquellos que viven de espaldas a la literatura no pueden no saber, y de los que quienes leen o dicen leer se avergonzarían de no haber leído.




 

La despedida que ha recibido en la ocasión de su partida ha puesto de manifiesto esa inmensa popularidad, que ha llegado a traducirse en el pésame de gobiernos y primeros mandatarios. Él mismo decía, con sorna, cuando se le enumeraban sus variadas amistades con gobernantes, desde Fidel Castro hasta Bill Clinton, pasando por Felipe González, que no era que él buscara la proximidad con el poder, sino que el poder buscaba la proximidad con él. 





Por lo demás, haber dispuesto en un telediario español de más minutos que el deporte, como sucedió ayer, supone un récord al que seguramente ningún otro escritor podría aspirar. Y eso es sólo una muestra del despliegue mediático suscitado por su muerte. Ayer, en un programa de radio en horario estelar, pude escuchar una tertulia en la que cuatro personas se pasaron más de una hora hablando de Gabo, una de ellas a pesar de confesar no haber leído jamás un libro suyo. Eso es la gloria literaria, y lo demás, pamplinas.

 

Pasarán estos días, los elogios sentidos e impostados, las loas de lectores reales y lectores de circunstancias, y quedarán sus libros. Quien esto escribe ha de recordar con gratitud muchos de ellos: el primero que leí, El otoño del patriarca, y que sigue pareciéndome uno de los mejores; aquellos Cien años de soledad que en el verano de mis quince años me acompañaron y desplegaron en la canícula burgalesa todos los densos encantos de Macondo; y sobre todo, Ojos de perro azul, esa colección de cuentos repletos de intuición sobre aquello que no puede ser y que en el fondo, desde la cuna a la tumba, decide lo que somos en el afán, inexorablemente infructuoso, de redimirnos de esa imposibilidad esencial.




 

Creo más que merecido el homenaje, a un hombre que ha prodigado tanta felicidad y tanta belleza a sus semejantes. Pero no deja de escocerme un poco la atención, mínima en comparación, que recibieron no hace mucho, en el trance postrero, otros grandes hombres de las letras, como José Luis Sampedro y Ernesto Sabato. Los dos queridos, los dos leídos, los dos recordados con devoción por no pocas personas, pero no tan afortunados como el fabulador de Aracataca. Los dioses eligen a quien les place y lo colman de favores. Y al resto le queda lo que le queda.

 

Por L.Silva 14 abr. 2014 23:38

Quien la conoce la recuerda. Por si acaso, para los desmemoriados y también para los que nunca la vieron, ahí va una primera imagen para ir poniendo en situación:




Es el bosque de laurisilva, o mejor dicho una muestra de lo poco que queda de él, en el Parque Nacional de Garajonay, en la isla de La Gomera, más que justificado Patrimonio de la Humanidad, en tanto que conserva esa joya natural, superviviente milagrosa de una era lejana. Un patrimonio que lo es también de los gomeros, los canarios y los españoles, y del que podemos sentirnos orgullosos todos: si a la bella isla canaria debe su asiento, al esfuerzo de los isleños y el de todos los españoles debe su subsistencia y conservación.




A veces uno se reconcilia con lo que es y con el pasaporte que lleva por cosas como ésta. Es España en los últimos tiempos país de muchas torpezas y pocas esperanzas, coyuntura que avispados (o no tan avispados) perseguidores de aventuras centrífugas aprovechan para promover su programa y publicitar por burdo (y tramposo) contraste su mercancía.




Pero basta con recorrer alguno de los rincones de este país que conserva esa belleza de la que La Gomera es muestra sobresaliente, para recordar que tenemos cosas valiosas, cosas que merecen la pena y que justificarían que hubiera mejores cabezas defendiéndolas.




A esta isla, lo saben quienes leen mis libros, llevé hace doce años a dos de mis personajes, Bevilacqua y Chamorro, en una de sus más celebradas correrías, La niebla y la doncella. Muchas veces, a lo largo de estos años, me han preguntado si La Gomera es un lugar tan hermoso como sugiere esa novela, si su paisaje tiene los contrastes que en ella se describen y si ejerce sobre el visitante tan honda fascinación.




He vuelto a La Gomera y he aprovechado para recopilar unas cuantas imágenes que tratan de responder a esa pregunta, y de paso invitan (espero) a quienes no la conozcan a conocer la que para mí es la más sugerente de las Islas Canarias, y posiblemente uno de los más seductores lugares del mundo, que es un privilegio considerar nuestro, aunque por derecho sea de todos los seres humanos que allí se acercan y admiran lo que contiene.




Lo más excepcional que tiene La Gomera, aparte de su origen volcánico y su edad relativamente reciente (12 millones de años), es la diversidad de paisajes, entre el desierto y el bosque impenetrable, que coexiste en su pequeña extensión (poco más de 300 kilómetros cuadrados). Todo sucede gracias a su altitud (casi 1.500 metros en la cima del monte Garajonay) que literalmente "caza la humedad" que traen los vientos alisios y la recoge en la vertiente septentrional de la isla, dando lugar en ella a ese bosque único y a una vegetación tan variada como exuberante.



Característica del paisaje gomero es esa promiscuidad entre las nubes y la tierra:




Promiscuidad que, como una metáfora de otras cosas, me sirvió el título de aquella novela, y que transmite una extraña sensación de paz al pasear por sus valles:




De esa niebla perenne beben las plantas, y en especial la palmera canaria, de la que la isla, con 140.000 ejemplares, es la más poblada del archipiélago. Para muestra, este ejemplar solitario que vigila el pequeño pueblo de Agulo, en el norte de la isla:




Lo que más impresiona, probablemente, es comparar los dos extremos paisajísticos de la isla. De un lado, la vegetación escasa y baja del sur, que en sus zonas más verdes es así:




De otro, la densa y espesa laurisilva, con sus brezos que alcanzan veinte metros de altura:




Son formidables las perspectivas que se ofrecen desde lo alto de sus barrancos, ya sea hacia el interior de la propia isla o hacia el mar y alguna isla vecina, por ejemplo la más cercana, Tenerife, que se ve así desde el norte de La Gomera (con el Teide al fondo):




Tampoco viene mal, de vez en cuando, afinar la mirada y buscar el detalle próximo. El reino vegetal, debido a las privilegiadas condiciones de la isla, llega a extremos como éste:




En fin, de veras que la isla merece la visita, y recorrerla de punta a punta y disfrutar de un patrimonio natural que no tiene precio, sobre todo porque permite olvidarse de que el país lo dirigen, o así se nos dice y repite, esos que suelen salir en los telediarios. No puede ser, no podemos aceptar que semejantes insolventes decidan lo que ha de pasar en un lugar así de magnífico.




En San Sebastián de la Gomera, la capital de la isla, junto al pozo donde se dice que Colón hizo la última aguada antes de poner proa al descubrimiento de América y una casa en la que se cuenta que paró, se conserva un edificio de los tiempos de la conquista de la isla por los castellanos: la Torre del Conde, una pequeña fortaleza desde la que el noble al que se encomendó la isla confiaba, seguramente, en protegerse frente a la población indígena. Es ésta, ahora convertida en centro de un agradable parque público:




Al verla, se me antojó un símbolo de esos líderes timoratos y cortos de miras, encerrados en su torre de clientelismos y sinecuras, que hoy por hoy nos impiden disfrutar de lo que somos y tenemos y construir ilusiones de futuro. Ha sido todo un alivio sentir, en lo más alto de La Gomera y en lo más profundo de la laurisilva, que ellos no estaban allí. 
 

Por L.Silva 12 abr. 2014 16:21




Desde hace muchos años, en la televisión autonómica vasca, los guionistas de Vaya semanita llevan dando testimonio de lo provechoso que es, a la hora de contar historias, saltarse los tabúes que existen y supuestamente deben respetarse a la hora de abordar tal o cual asunto. En el caso del País Vasco, está claro: la existencia de un nacionalismo tan convencido de sí mismo como para acabar engendrando un movimiento de acción violenta con un historial tan sangriento como el de ETA (que no es preciso recordar ni detallar), y la reacción no menos visceral de aquellos a quienes se opone el ideario nacionalista (y que a su vez se oponen a él, aunque en este caso, conviene marcar las diferencias, sin recurrir sistemáticamente a la extorsión y el homicidio para procurar sus propósitos). El contexto, aparte del conflicto social y el dolor que genera, impone per se una suerte de solemnidad de la que unos y otros consideran sacrílego prescindir. Ése es el terreno de juego en el que viene desenvolviéndose Vaya semanita desde sus comienzos.




 

Lo excepcional del planteamiento, y su naturaleza catártica, puede contribuir a explicar el éxito arrollador de Ocho apellidos vascos, una película española que (pásmense) llena cines a cualquier hora de cualquier día (puedo dar fe) y que se ha convertido en todo un fenómeno social. Con la complicidad de esos mismos guionistas, y el talento, la solvencia y por qué no decirlo, la sabiduría propia de la veteranía de su director, Emilio Martínez-Lázaro, es posible (muy posible, a decir verdad) que la película no alcance las cimas artísticas del séptimo arte, ni siquiera diría que es ingeniosa durante buena parte del metraje, pero acierta a ser, de principio a fin, terapéutica por la falta de complejos y de miramientos con que aborda esas cuestiones que para tanta gente representan principios inatacables, o bien blasfemias con las que es imposible convivir.

 

La confrontación extrema entre un sevillano y una guipuzcoana, reunidos al mismo tiempo con arreglo al conocido esquema de atracción amorosa entre contrarios tomado de Romeo y Julieta, y, sobre todo, la confrontación de sus respectivos mundos, proporciona a los guionistas de Ocho apellidos vascos la oportunidad de plantear infinidad de situaciones hilarantes, en las que una y otra vez resultan cómicas las rigideces de cada cual, pero sobre todo, y esto es lo más notable, la forma en la que se plantea la parodia permite no sólo que cada cual se ría de los de enfrente (esto, a fin de cuentas, tampoco tendría tanto mérito), sino que cada uno se ría, y con ganas, de los aspectos grotescos de lo propio.

 




Esa cara de Karra Elejalde (cuyo personaje es tan vasco que para él Vitoria es el Sur), al despertarse después de una noche loca junto a una mesilla de noche sobre la que hay un guardia civil de porcelana, resulta tan impagable que nadie, ni siquiera quienes se identifiquen con su estupor, puede dejar de estallar en una carcajada.

 

El ejercicio es a estos efectos tan pleno y satisfactorio que esta película no sólo debería declararse de interés público, sino probablemente servir de modelo para otras, que abordaran otras tensiones peninsulares. No vendría nada mal unas dosis de este humor autocrítico, por ejemplo, en relación con el proceso soberanista catalán, en el que la solemnidad (y por qué no decirlo, el tedio) han acabado por impregnar en exceso a las dos partes enfrentadas. Imagínese un Madrid vs. Barcelona en clave de humor. Pero hay más: canarios contra godos, valencianos contra catalanes, sevillanos contra malagueños, etcétera. Sería saludable poder reírse, y no creo que implique frivolidad censurable: a veces poder reírse de la propia creencia es el primer paso para impedir que sea dañina para el prójimo. Y eso, en un país con la historia del nuestro, tendría un inmenso valor.

 

 

 

Por L.Silva 9 abr. 2014 10:05

El debate de ayer en el Congreso era la crónica de una muerte anunciada: todos sabíamos que la proposición que el Parlament de Cataluña elevaba a la cámara sería rechazada por una abrumadora mayoría. Las crónicas, partiendo de ese resultado, han analizado el escenario después de la batalla, las reacciones de los partidos mayoritarios (mano tendida para reforma constitucional en el PSOE, diálogo abstracto y remoto sobre dicha reforma en el PP) y la previsible respuesta del nacionalismo catalán, de seguir adelante en su hoja de ruta e irse acercando a unas elecciones plebiscitarias que recalienten el conflicto y preparen, según la audacia de cada cual, un escenario de preindependencia.

 

Hubo, sin embargo, algo interesante y que pasó más inadvertido. Ayer a la tribuna subieron tres voces del Parlament de Cataluña, e hicieron tres discursos muy diferentes en el fondo y en la forma. Nadie parece analizar los matices de esas tres lenguas con que habló en Madrid el autodenominado derecho a decidir.




  

El primero, Jordi Turull, representante de CiU, planteó un elaboradísimo alegato, cuidadosamente escrito y recitado, en el que no faltó ni uno solo de los elementos históricos, filosóficos y cuasirreligiosos que informan el discurso nacionalista. Lo que vino a decir es que poco menos que por derecho natural (léase, en otro tiempo, divino), el pueblo catalán ha de alcanzar una forma estatal que le haga justicia ante el mundo y que el ente maligno que está impidiendo esa realización, con el que ha negociado hasta la saciedad, sin obtener hasta la fecha más que un ignorante desprecio, es España. Turull declaró agotado ese tiempo de diálogo en el que, según él, Cataluña tanto puso y tan poco obtuvo (aunque uno lo recuerda más bien al revés: los tiempos en que Pujol hacía de bisagra para PP y PSOE él sólo cedía sus votos y a cada cesión obtenía, a izquierda y derecha, generosas contrapartidas, tan generosas como para nutrir el muy amplio autogobierno del que hoy dispone Cataluña, policía y cárceles incluidas). Es ese hartazgo el que impone lo que denominó un “camino sin retorno” por contraposición al “callejón sin salida” de los enemigos del proceso.




  

La segunda, Marta Rovira, la representante de Esquerra Republicana de Catalunya, hizo, de los tres, el discurso más desmañado en la forma, e incoherente en el fondo, con momentos que rozaron lo cómico, lo estrafalario y hasta la puerilidad. Después de saludar a la cámara y a los presentes lamentando no conocerles hasta esa fecha (parecía decir que tampoco conocía hasta entonces Madrid, lo que dice mucho del cosmopolitismo de la posición que venía a representar) y lanzando un extraño mensaje de cordialidad y amor fraterno, terminó, tras recorrer un farragoso discurso, poco menos que demonizando a España por oponerse a la aspiración angélica de los catalanes a construir una Arcadia feliz, exenta de los siniestros rasgos totalitarios, capitalistas y caciquiles que caracterizan el Estado Español, como ella y sus correligionarios gustan de denominar al país del que quieren desligarse. Si algo dejó claro la señora Rovira, y si representa realmente a su fuerza política, es la extrema dificultad que presentará el conflicto el día que, como no parece improbable, si CiU sigue empeñada en consumar la autoinmolación a la que la viene conduciendo Artur Mas, sea ERC la que lidere el proceso soberanista con una mayoría en el Parlament.

 




El tercero, Joan Herrera, demostró ser con mucho, la experiencia en el Congreso se le notaba, el orador más contundente e incisivo. En lugar del sobrescrito discurso de Turull o la alocución casi naif de Rovira, Herrera optó por un alegato espontáneo pero férreamente estructurado, con ideas precisas e intensas. Demostró ser el que acudía la Carrera de San Jerónimo con un mensaje menos independentista pero, paradójicamente, más demoledor. Discutió la reivindicación de la soberanía nacional por parte de un gobierno que la cede permanentemente a los mercados, denunció la resistencia del partido gubernamental (y de rebote del mayoritario de la oposición) a exponerse a unas urnas en las que su descrédito por la gestión que comparten, y que ha llevado a España a la crisis económica y el desmantelamiento del Estado de Bienestar, puede demostrarles que pesan mucho menos, hoy, en la sociedad española, de lo que indican los diputados que conservan en la Cámara. Y para rematar la faena, dijo que él no venía a hablar de identidad, que para él la identidad era irrelevante (lo que lo colocaba de paso en las antípodas de Ribes y, sobre todo, Turull) sino a reivindicar para todos los ciudadanos de Cataluña, hablaran lo que hablaran y provinieran de donde provinieran, el derecho a decidir sobre su futuro sin intérpretes interesados que los amordazaran con las Tablas de la Ley.

 

Turull y Rovira sólo hablaron de Cataluña. Herrera cuestionó el edificio español entero. Y con ello, quizá, puso el dedo en la llaga. ¿Sería posible, sería fácil siquiera, plantearse la secesión si España no fuera la construcción disfuncional que para muchos de los que la habitan es hoy día, sino un organismo pujante, consistente y que pudiera transmitir a todos los que la integran un mensaje de eficacia y justicia? Es una pregunta que deben hacerse aquellos que, en los últimos 20 años, nos han traído adonde estamos.

 
  • Lorenzo SilvaLorenzo Silva

    Madrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.

Sobre el blog

"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka

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