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La Mirilla
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Por L.Silva 30 jun. 2014 16:11


La semana pasada este señor anunció que se vuelve a enseñar Química Orgánica en la misma facultad de la que salió hace treinta y dos años para meterse en política.

 

 



Olé por él. He leído de todo: que si es una irresponsabilidad, que si la Química ha cambiado radicalmente, que si incluso hay no sé cuántos elementos nuevos en la tabla periódica. En qué poca estima tienen el intelecto de un profesor que, dicho sea de paso, ha anunciado que no dará clase hasta el segundo cuatrimestre, para tener tiempo para actualizarse. Me da a mí que en esos cuatro meses puede refrescar lo que muchos no aprenderían en cuatro años (o en cuarenta). Y eso de volver a ser lo que uno fue, qué lección para los que juegan a ser lo más sin haber sido jamás lo menos, incluso sin haber sido nunca nada.

 

En este país de tirios y troyanos y adhesiones y repulsas inquebrantables (qué bien nos conocía aquel gallego, hasta los adjetivos de su prosopopeya oficial estaban bien escogidos) muchos lo tienen atravesado sólo porque es del partido que es y porque le ayudó a ganar elecciones, lo que de paso determinó que las perdiera el contrario. Aunque la que más le recuerdan, la de 2004, es un asunto sujeto a interpretaciones. Algunos pensamos, pensaremos siempre, que fue Aznar quien abatió, con esas manitas, a un Rajoy que con sólo ponerse de perfil tres días (él y su partido, claro está) habría sacado ahí su primera mayoría absoluta.

 

Le afean mucho a Alfredo Pérez Rubalcaba lo de la LOGSE, una reforma educativa con no pocos fallos, basados en el voluntarismo de su concepción, pero que obró al mismo tiempo, y eso no se le suele recordar, la escolarización universal de un país que no tenía tan lejana la época del analfabetismo y del abandono generalizado y temprano (o tempranísimo) de los estudios. Digamos que la LOGSE bajó el nivel general de los titulados de secundaria, pero al mismo tiempo elevó el nivel general de instrucción de la población. Hay que poner ambas cosas en la balanza para enjuiciarla.

 

Y no paran de darle tralla con lo del chivatazo del bar Faisán (ni siquiera ahora, en sus exequias como responsable político), pero alguien habrá de recordar y anotar alguna vez que bajo su mandato como ministro de Interior se descabezó a ETA varias veces, hasta dejarla hecha unos zorros y totalmente inoperativa. De propina, en ese mismo periodo se bajó dramáticamente la siniestralidad vial. No son dos logros menores.

 

Mucho se le puede criticar, como a cualquiera que haya estado ahí tanto tiempo, y quizá más que nada que contribuyera a sostener el calamitoso gobierno de ZP (la factura que no ha sido capaz de saldar y que ha precipitado su fin) y que no acertara a sacar al PSOE del marasmo en que lo sumieron las elecciones de 2011, habiendo apostado por intentarlo. Con todo, en la hora de su adiós, lo han elogiado hasta sus enemigos. Él mismo lo ha descrito con su fina ironía: en España enterramos bien. No sé lo que durará de profesor de Química, ni si llegará finalmente a cumplir ese propósito. Pero si lo hace, no me importaría nada asistir como oyente a sus clases, como en su día asistí a las de Filosofía de la Ciencia de D. Roberto Saumells. El privilegio de escuchar a alguien inteligente vale más que el dominio de cualquier asignatura, y normalmente, si la da, lleva de suyo el aprovechamiento en ésta.

 

También la semana pasada se fue esta mujer portentosa e irrepetible:

 

 


 

Dejó escritos libros hermosos y sabios, y para la posteridad frases sobre la vida y la escritura que merecen enmarcarse. Como la que citaba en estos días mi amiga Lola Gracia en su blog: “Me parecería una descortesía que Dios no existiera”. Desde la declaración del sofista Protágoras (“Sobre los dioses no puedo decir ni que existen ni que no existen, tales son la oscuridad del problema y la pequeñez de la vida humana para abarcarlo”) acaso la afirmación más inteligente que he leído sobre la divinidad.

 

No es menos enjundioso lo que dejó dicho sobre la literatura, o la creación en general, ese oficio de seres perdidos que sin embargo, cuando dominan su arte, llegan a derramar luz sobre sus semejantes: “El que no inventa, no vive”. No se puede decir con menos palabras, ni más claras, ni más aleccionadoras, para los habitantes de un país una de cuyas principales taras es precisamente la escasez de pulsión inventora, a la que se suma el desprecio de muchos por ella y por quienes la tienen.

 

Me pidieron que escribiera un artículo despidiéndola. Hice lo que pude, desde la admiración y la gratitud que le debo (muy directa, de hecho: estaba en el jurado que me declaró finalista del Premio Nadal en 1997, en el que me lo otorgó en el 2000 y en el que me distinguió con el Primavera en 2004). Y aunque los elogios han sido generales y la despedida atenta y respetuosa, uno tiene la sensación de que personas como ella nunca terminan de recibir del todo el pago que merecen por su inmensa aportación. En este país, y en general.

 

Por fortuna, Ana María Matute queda en sus libros. Cualquiera puede hacer que empiece de nuevo hoy Olvidado rey Gudú. Y en septiembre saldrá su último libro, Demonios familiares, el que los hados funestos del verano no quisieron que llegara a ver.

 

Y ya que va de despedidas, sumo una tercera. La de este blog y su autor, que después de dos años largos escribiendo aquí, cerramos la tienda. La página que nos cobijaba, Msn.es, ha decidido legítimamente reenfocar sus contenidos. Nada que objetar: éste es un mundo difícil para quien está en el negocio de la comunicación, y cada cual va redefiniendo como puede sus estrategias para sobrevivir. Yo agradezco haber tenido durante todos estos meses la posibilidad de expresarme aquí con absoluta libertad, sobre temas que en alguna ocasión, soy consciente, interesaban a pocas personas (gratitud que tiene nombre y apellidos, los de África Silvelo, que me reclutó para la labor). Me llevo eso, y la complicidad y la oportunidad de haber podido estrechar lazos con Carme Chaparro, mi compañera de todos estos meses en estas lides blogueras, y, en fin, la atención de los lectores generosos que se han pasado por aquí. La vida continúa. Nos seguimos viendo en alguna otra parte. Suerte a todos.

 

 

 

Por L.Silva 24 jun. 2014 17:55

 

En el mismo día me han llegado noticias de dos críticas sobre el mismo libro: una, francamente favorable, y la otra francamente negativa. Las dos, por la misma razón. Me explico: lo que sustenta el juicio adverso es justo lo mismo que invoca como fundamento la reseña positiva. La clave del juicio de ambos reseñistas se halla en la evolución de los personajes, dos criaturas de ficción que existen desde hace casi veinte años, aunque llegaron a la imprenta por primera vez hace dieciséis, en una novela que se titulaba El lejano país de los estanques (escrita en 1995, publicada en 1998 y distinguida con el Premio Ojo Crítico de ese año).

 




 

La novela a la que ambos comentaristas se refieren es la última de la serie, recién aparecida en este junio de 2014, y titulada Los cuerpos extraños. Ya que puse la cubierta de la anterior, no me privaré de poner ésta (obra del mismo artista, Ángel Mateo Charris). Dicho sea de paso, creo que es una de las más sugerentes que han hecho jamás para un libro mío.

 




 

El crítico opuesto al libro se llama Jose Cuesta y escribe su reseña en el cuidado blog colectivo La cuesta de Moyano. No tengo muchos más datos de él, aunque en un perfil de redes sociales que he encontrado por ahí se recoge que es doctor en Físicas por la Universidad Complutense y ha trabajado en la Universidad Carlos III. Declara haber disfrutado con las primeras novelas de la serie, cuyo desparpajo e incorrección política alaba, y en cambio no disfrutar nada con la última, demasiado realista para su gusto, y en la que el carácter de los personajes parece haber perdido la chispa que él les veía de jóvenes.

 

Pero dejémosle expresarse con sus propias palabras:

 

A partir de la cuarta novela todo cambió. Se perdió el humor, se perdió la incorrección política, se perdió la tensión sexual (así, sin más...), y la resolución de los casos dejó de basarse en el ingenio, el pálpito y la suerte y empezó a hacerse... ¿cómo diría yo?... más burocrática. En las novelas empiezan a tomar demasiado protagonismo los informes a los jefes, las coordinaciones con los cuerpos locales, las entrevistas con los jueces y, como ya he explicado antes, la metodología CSI. La relación entre los protagonistas se diluye en este entramado funcionarial, donde ya no tienen cabida los comentarios ácidos, las bromas, las teorías psicoanalíticas... Bevilacqua se ha vuelto un triste; los secundarios son apenas fantasmas (nadie puede hacer un perfil psicológico del guardia Arnau, y eso que esta es su tercera novela); Chamorro está, pero como si no estuviera... Y ya no comparten más que una vieja camaradería que apenas les da para alguna que otra melancólica sesión de copas.




 

No voy a glosar sus apreciaciones, ni éstas ni las que dedica a continuación a afear la excesiva fidelidad del novelista a la realidad de las investigaciones criminales de la Guardia Civil, a la que pertenecen los personajes, y con la que el crítico, así lo deja ver al final, parece haber tenido recientemente alguna mala experiencia. Es la opinión soberana de un lector y al autor sólo le queda acatarla y ponerla en la balanza junto a las de otros, para que pese lo que corresponda.

 

Sin embargo, obsérvese el contraste con cómo describe la misma realidad, la evolución de los personajes, la otra reseña, firmada por Mikel Labastida para la interesante revista digital Vis-à-Vis (gratuita, y diseñada para tablets). Labastida, por cierto, es periodista y redactor jefe de Cultura del diario Las Provincias, de Valencia, la Comunidad Autónoma en la que justamente está ambientada la novela. He aquí su comentario:

 

Volví a toparme con los agentes en ‘Los cuerpos extraños’, el último trabajo de Silva. Y me sorprendió descubrirlos tan maduros y haber notado su evolución. Es como cuando te reencuentras con amigos de la adolescencia y observas cómo les han sentado los años, si siguen siendo los mismos crápulas y se han quedado anclados en una época que no les corresponde, si no han sabido madurar y continúan manteniendo las mismas inquietudes y conversaciones que hace diez años, o si han crecido y se han curtido con el paso del tiempo (que suele traer además consigo algún que otro sopapo fuerte). A los Vila Y Chamorro que hallé en la novela los incluiría en el tercer grupo, en el de los que han sabido asumir su edad, se han enfrentado ya a eso que eufemísticamente llamamos los sinsabores de la vida y no les ha quedado otra que avanzar. (…) A él se le ve contento con la vida, o más bien conforme, que es un estado al que se resignan algunas personas una vez cumplen cuarenta y muchos o los cincuenta y pocos. A ella la hallé más intranquila, atravesando uno de esos momentos clave de la vida en que eres consciente de que se acaba un ciclo. Qué gusto ese trazo cuidado para dibujar personajes.

 




Diríase que ha leído otro libro, pero de nuevo me limito a consignarlo como un juicio lector que de entrada me merece el mismo respeto que el anterior o cualquier otro y que como él pesará lo que haya de pesar en el veredicto final que acabe recibiendo mi trabajo.

 

Sin embargo, estos dos juicios tan dispares me han hecho pensar sobre el proceso de madurar y su sentido. No cabe duda de cuál es mi opción, y por eso he dibujado a mis personajes como lo hago, con plena conciencia además de que eso agradaría a unos y defraudaría a otros. Uno no puede escribir en atención a las inclinaciones ajenas, sino a las propias, y confiar en que haya quien las comparta y entienda. Pero de pronto me ha parecido importante fijar y aclarar ideas sobre esta cuestión.

 

No reniego de nada de lo que fui y pensé de joven. De hecho, no hace mucho acabo de dar a la imprenta, sin tocarle una coma, algo que publiqué con veinte años:




 

No me siento ahora más acertado, ni menos rebelde, ni más lúcido, ni menos atolondrado de lo que pudiera ser entonces, o en la década siguiente. Soy de la convicción de que las ideas y los modos juveniles, acné incluido, pueden ser gloriosos y admirables si están asumidos con coherencia, inteligencia, pasión y fe. Tan respetables como el consejo del anciano. De lo que tengo mis dudas es de que el acné quede tan glorioso y admirable en quien ya no es tan joven. Ni yo ni mis personajes quisimos nunca ser correctos o sumisos. Pero a los cuarenta o a los cincuenta la incorrección y la insumisión no pueden decirse como a los veinte, o a los treinta. Sería una incoherencia con todo lo visto y vivido entre medias.

 

No sé si me explico.

 

Por L.Silva 22 jun. 2014 20:35

La Historia, y sobre todo en Oriente Medio (y sobre todo desde que hace casi un siglo un diplomático británico apellidado Sykes y otro francés llamado Picot redibujaron sus fronteras), tiene esta clase de vueltas y revueltas. Hace sólo diez años, este tipo era un criminal peligroso al que urgía neutralizar.




 

Ahora parece que se le necesita, o mejor dicho se necesita a los milicianos chiíes que le prestan obediencia, encuadrados en el llamado Ejército del Mahdi (en alusión al mahdi, o redentor que según los chiíes vendrá un día para ayudarles a vencer a todos sus enemigos). Se llama Muqtada Al Sadr, y es el cuarto hijo del ayatolá Sadeq Al Sadr, antiguo líder espiritual de los chiíes iraquíes y también conocido como Mártir Sadr por su muerte a manos del régimen de Sadam Hussein.

 

En estos días llegaban noticias de movilizaciones del ejército del Mahdi y de desfiles en Ciudad Sadr, el bastión chií de la capital iraquí, Bagdad. Ante el avance parece que imparable de los milicianos del ISIS (el autodenominado Estado Islámico de Irak y Siria), de credo suní, los chiíes de Irak se aprestan a la defensa de sus lugares santos, empresa para la que Muqtada ha convocado a sus milicianos. No hay que olvidar que en una ciudad del sur de Irak, Nayaf, se encuentra el sepulcro de Alí, el lugar más sagrado para los chiíes. Lo que explica el apoyo que al efecto les ofrece Irán, cuyos ayatolás están tan interesados como el que más en que el santuario no caiga en manos de unos fanáticos suníes que ya han demostrado que, aparte de ejecutar sumariamente a sus enemigos, no tienen reparos en arrasar cualquier monumento que se oponga a su fe, como ya han hecho en Mosul con el sepulcro del filósofo Ibn Al Athir, historiador árabe de las Cruzadas.




 

El llamamiento a los chiíes iraquíes del ayatolá Alí Al Sistani, hoy por hoy el más respetado líder religioso de esta comunidad, para plantar cara a los crecidos invasores suníes del ISIS, (véaseles haciendo la V de victoria) no cuenta, aparte de las desmoralizadas tropas gubernamentales a las órdenes del gabinete presidido por Nuri al Maliki, con más fuerza de choque organizada que el Ejército del Mahdi, que se convierte de pronto en actor más que relevante del conflicto, con el consiguiente espaldarazo para Muqtada.

 

Muqtada Al Sadr es el mismo líder que en abril de 2004 ordenó atacar las bases españolas en Nayaf y Diwaniya, arrojando al contingente español destacado en Irak a una espiral bélica que se mantuvo hasta su retirada a finales de mayo, y que a partir de ese momento hubieron de afrontar las tropas norteamericanas que se hicieron cargo de las bases tras su salida. Los combates, de gran dureza, acabaron con Muqtada atrincherado en la mezquita de Alí con el núcleo duro de su ejército, y con los norteamericanos planteándose atacarla para terminar con él, algo que finalmente no se atrevieron a hacer: la profanación del lugar santo habría provocado una reacción de consecuencias impredecibles. Prefirieron negociar con Muqtada, que en 2007 se integró de aquella manera en el régimen: sentó ministros en el gabinete y diputados en el parlamento iraquí, pero optó, al menos de cara a la galería, por retirarse él mismo de la primera fila.

 




Ahora regresa, con sus aguerridos milicianos vestidos de negro, para parar al ISIS, el mismo al que los norteamericanos alentaron en su guerra contra Al Asad en Irak. Qué lío, qué desbarajuste, qué chapuza.

 

Por L.Silva 19 jun. 2014 20:16

 

Hace treinta y ocho años y siete meses de la proclamación anterior, el 22 de noviembre de 1975. La recuerdo, también la viví, y en el colegio me hicieron un dictado que tuve que escribir en uno de aquellos cuadernos de papel milimetrado que parecen haber caído en desuso hace mucho tiempo (supongo que porque eran algo fascistas, con sus celdillas para dirigir la caligrafía). Debajo del dictado (no recuerdo qué decía el texto, alguna generalidad más o menos neutra sobre el nuevo monarca) había que poner alguna foto del acto, que recorté del ¡Hola! que mi madre, muy poco proclive a caer en las garras de semejante prensa, compró como recuerdo de la fecha. Bien podía ser ésta:




 

Cuatro largas décadas han transcurrido, aquel joven matrimonio se ha desgastado, como de todos es sabido, y el niño que lo presenciaba todo un poco estupefacto es el rey al que se ha proclamado esta mañana, ante otra niña estupefacta de más o menos la misma edad que él tenía entonces y que acaso dentro de cuatro décadas vivirá (o no) un acto semejante que ya no me sea dado presenciar (o sí, quién sabe lo que mi salud y la ciencia terminarán disponiendo). Por si acaso, y como bien pudiera ser mi última proclamación monárquica, la he seguido con interés, pese a mi republicanismo confeso. No deja de ser el Jefe del Estado, según el orden constitucional que hoy por hoy mis conciudadanos no han formado una mayoría suficiente para cambiar. Y hay que reconocer que ver transcurrir ante los propios ojos aquello en lo que uno esencialmente no cree tiene su punto de interés.




 

Creo que salvo algún nerviosismo, algún trabalenguas en momentos inoportunos (por emotivos o trascendentes) y tres o cuatro gallos, el nuevo rey Felipe VI lo ha hecho bien. Le han ayudado a escribir un buen discurso (me imagino quién); quizá un poco largo por todos los temas que quería tratar, pero en contrapartida no puede decirse que haya dejado de tocar nada relevante. Y sobre todo, muy bien cerrado con esa cita de Cervantes que ha leído (aquí sí) con pleno aplomo y que, aparte de homenajear al español más importante de todos los tiempos (que no es ninguno de sus ancestros, sino un plebeyo escribidor) pone de relieve que uno es lo que hace y a quien no hace de poco le sirven su cuna y sus títulos. Bien.




 

También pertinentes las referencias culturales (amén del ya dicho Cervantes, ha sido un acierto innegable citar a Espriu, Castelao, Aresti y Machado, en tanto que defensores del valor de todas las lenguas españolas como patrimonio común, cada uno desde la suya y sin ignorar las otras) y las dos palabras que ha utilizado para definir lo que entiende que ha de ser nuestra acción en la defensa y promoción de nuestro principal activo, el español: determinación y generosidad. Justo lo que ha faltado en una política cultural dada al paripé y a la cicatería. Ahí les ha dado.




 

Se pueden poner peros, claro. Ha tendido la mano a quienes reniegan de ser españoles, pero sin ofrecer, ni siquiera postular, ya que a él no le incumbe decidir las políticas, un nuevo concepto de españolidad superador de los actuales conflictos territoriales y que pueda atraerlos de nuevo a un proyecto común. Ahí, en ese delicadísimo envite, se juega, probablemente, su reinado. Para salvar su corona, necesita quien le ayude a construir un edificio que pueda englobar (no porque sí, sino con argumentos persuasivos) a quienes hoy se quieren ir. Y ese edificio tendrá que traducirse en una reforma constitucional, y esa reforma tendrá que pasar un referéndum que lo será, le guste o no, también sobre la Corona. Que puede perder, pero también ganar con la legitimidad que a su padre siempre se le discutió, por las condiciones digamos no óptimas del referéndum del 78.

 

¿Quién puede ayudarle? Desde luego, no será el actual gobierno, demasiado dado al trágala después de casi tres años gobernando por decreto y con nula capacidad de entendimiento con los levantiscos. Habrán de ser otros rostros, nuevos, que por el lado derecho aún no se atisban, y en cuanto al izquierdo, ¿podría ser éste?

 

 

 

 

Dentro de poco iremos despejando incógnitas. Vienen años interesantes.

 

Por L.Silva 18 jun. 2014 16:19

Parece que lo dijo con ánimo de hacer un chascarrillo, es de suponer que a sabiendas de que había micrófonos, y tal vez contando con que quedaría como eso, como una broma simpática que revela la campechanía de los hombres de estado. Pero la alusión desenfadada del presidente Rajoy al supuesto amaño del partido España-Chile, seguida de buena gana por el todavía rey Juan Carlos I, y que desembocó en una animada conversación donde ambos demostraron la intensidad con que siguen el Mundial y lo pormenorizado de su conocimiento de los avatares del balompié, no ha gustado por igual a todo el mundo.




 

Habrá algunos ciudadanos (no serán muchos, dadas las potentes sesiones de hipnosis colectiva que transmiten todas las televisiones, pero alguno habrá) para quienes el fútbol no sea la cuestión primera, ni tampoco el objeto que debiera monopolizar las conversaciones entre los más altos representantes del Estado (allí estaban también el presidente del Senado y el del Tribunal Supremo, riendo con entusiasmo la broma) en vísperas de un trascendental relevo que pone por primera vez a prueba el funcionamiento del sistema, y que no carece, por cierto, de contestación social.

 

Ya sabemos que en todas partes cuecen habas, y si no que se lo pregunten a los alemanes, que son ejemplo de adelanto e industriosidad y han de convivir con esto:

 




Sin embargo, quizá esa diferente situación en que se encuentran españoles y alemanes permite contemplar esa debilidad de su lideresa con más indulgencia que la que tendrán los parados españoles al escuchar a sus dirigentes enfrascados en tan frívola charla.

 

Y donde no ha gustado nada, pero nada, la ligereza presidencial, ha sido en Chile, el país cuya selección estaría sentenciada por obra y gracia de esos apaños subrepticios, y donde no saben cómo irritarse más: si pensando que puedan corresponderse con la realidad, o interpretando el comentario como lo que parece, una chanza desafortunada sobre la limpieza de la competición, y el posible trato de favor a los equipos grandes. Así recoge el asunto uno de los diarios de referencia del país andino, El Mercurio, en su edición de hoy.

 




Inconveniente como es la frase desde los dos puntos de vista que quedan expuestos, hay otro bajo el que resulta todavía menos pertinente. De un tiempo a esta parte, como consecuencia del efecto que tiene el fútbol en nuestra sociedad, monstruosamente amplificado por los medios, las conversaciones, los diarios y hasta los textos literarios se han inundado de metáforas futbolísticas. Desde el ya antiguo “casarse de penalti” hasta el “estar en fuera de juego”, las expresiones relacionadas con el deporte rey han adquirido con naturalidad un doble sentido en la lengua corriente.

 

¿Y qué podría querer decir, aparte de su sentido literal, eso de “tenemos el partido arreglado” en el contexto español actual? Interprételo cada uno, y concluya si no habría sido mejor elegir otro chiste.


Postdata: España 0 - Chile 2. Fin de ciclo de la Roja y oportuna reflexión nacional sobre qué es lo realmente importante. A veces, es mejor pensar dos veces antes de abrir la boca.

 
  • Lorenzo SilvaLorenzo Silva

    Madrileño de 1966, nómada vocacional. Ha sido auditor de cuentas, asesor fiscal, abogado y algunas cosas aún más inconfesables, pero desde antes de cumplir los catorce escribe historias. Al final ese vicio se impuso y lo hizo, sobre todo, cuentista y novelista. También escribe libros de ensayo, guiones de cine y TV, artículos en prensa, reportajes sobre crímenes, guerras y viajes y, en fin, este blog.

Sobre el blog

"La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia".
Franz Kafka

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